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Turulata vastedad metropolitana

22 Ago, 2016 Etiquetas: ,

¿Cómo percibimos y vivimos la Ciudad de México? ¿Qué le exigimos? ¿Qué nos muestra? ¿Qué nos aterra de ella? El autor de este texto nos lleva a recorrerla a su lado para explorarla y, quizá, descubrir por qué nos seduce.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ CRUZ / FOTO: LIZBETH HERNÁNDEZ

Apenas abres la puerta, su vaho invade los sentidos. Ya no eres tú, el primer paso te adhiere a la banqueta y en la esquina eres libre para que te ingiera el camión, pecerda o metrobús que  expele tu ser en las postrimerías del metro: insaciable sierpe naranja que en cada estación engulle más y más metronautas: en un tris ya sudan la gota gorda, hasta la estación de transbordo donde entran y salen aquellos que luego abandonarán la línea de su preferencia para ingresar al centro laboral donde entregarán alma, vida y corazón: oficina, mercado, escuela, fábrica, hospital, taller, obra en construcción, despacho, puesto banquetero o de tianguis ambulante, restaurante, merendero o figón, hotel, calle donde ofertar el propio cuerpo o cuartel, campo militar…

Dentro de ti ese su vaho, espíritu, alma, cual chisporroteante nahual o chaneque, brinca, salta, te agarra, se divierte contigo cuando circulas su entraña de calles, plazas, esquinas, rincones, barrios, malls, condominios, avenidas y callejones, cruceros, puentes, pasos a desnivel, museos, iglesias, cuanta edificación le ha crecido desde el esplendor precolombino hasta los aciagos días de las catástrofes: inundaciones, terremotos, ventarrones, granizadas, vendavales que agitan esas como verrugas que llaman anuncios espectaculares y tantos y tantos chunches que integran la publicidad que por donde sea asalta la vista, enturbia la entendedera, echa mano a tu cartera, encrespa ganas de comprar lo que por todo ella se vende, trueca, oferta, comercia vestido de imágenes que son promesa de placer, deleite, sabor, atarrague que consumes y vuelves razón de vida: meta a la que se arriba hasta el fin de la existencia, bien vestido por tus deudos, en ataúd cuya sobria elegancia te envolverá hasta que polvo seas, en polvo te conviertas dentro del cementerio: espacio que ella reserva para cuando ese como vaho que es te abandone y duermas eternamente, forever, sin prisas ya porque lo que de ciudad conociste fue y no habrá más. Aunque aún te das tiempo para farolear:

Me miras y me alelo, desconcierto, flaqueo piensas. Mirar es placer, azoro, inquisición, viaje donde nos sabremos otros gracias a ellos, que no sabían de ti. Un día nos miramos. Enseguida lo supimos y para qué negarlo: nos dimos. El tuyo, caliginoso, en vivas aguas apenas fluyentes. El mío, inmerso ya en lo inmenso que eres, arropadora, tierna y dulce y juguetona, sorbiendo mi aliento y el tuyo insuflado en cada beso, en cada mirada que me vuelve líquido, brisa, gasa para jalarte la carne si la humedad se vuelve miel espesa, que miel quiere y hace todo para tenerla y hacerla una con la suya, que atrapas al tacto y me das a saborear, salobre, aromática, invasora para volverme derretimiento y gusto, goce, muuuchooo goce y gusto, hermosa que eres, Urbe.

Por las noches el silencio ensordece; todos duermen, las cobijas pesan, aplastan. Tic tac, Tic tac, Tic tac. Una moneda rueda sobre la superficie del ropero, rueda y da vueltas en círculos hasta que la inercia se impone y cae como dando aletazos. Desde la carátula del reloj los números romanos resplandecen. Tic tac, Tic tac, Tic tac. Sudor, pánico, terror. Con las ramas secas del fresno, el viento araña la ventana. El marco de la puerta de metal sufre: el clima lo contrae, el viento inflama la superficie galvanizada, la abomba, deja de soplar y al retractarse lo hace con estruendo. El mismo que ahoga el alarido. Luego, un zumbido se establece en la vastedad metropolitana.

En cada beso, en cada mirada que me vuelve líquido, brisa, gasa para jalarte la carne si la humedad se vuelve miel espesa, que miel quiere y hace todo para tenerla y hacerla una con la suya, que atrapas al tacto y me das a saborear, salobre, aromática, invasora para volverme derretimiento y gusto, goce, muuuchooo goce y gusto, hermosa que eres, Urbe.

No abras la puerta a Nadie, porque entra. Nadie pide permiso. Nadie, si tiene oportunidad, entra. No abras la puerta. Sé lo que te digo. Eres fuerte. Nada te da temor. Nada te lo contiene. Nada sabe quién eres y está contigo. Nadie te hace fuerte. Solo tú debes mirar por ti. Aunque Nadie pide permiso, niégalo. Ten voluntad. Resiste. Te rogará. También amenaza. Increpa. Nadie es todos. Pero de ti depende. No abras la puerta. No cedas. Tiene el don. Saldrás adelante, Nadie entrará. Nada lo recibirá. Para entonces estarás lejos. Entonces, te alcanzaré. Y no querías. Te tomaré de la mano, irás hasta el infinito, querrás volver. A qué. Nadie está con Nada. Nada está con alguien. Eso ya es algo. A que vuelves. Falta poco. No hay prisa.

El ladrón es un ser despreciable. Mina tu confianza, merma tu íntegro ser, siembra la desconfianza, socava la fe en los otros, ya los miras mal, te envidian, quieren lo tuyo, eres la presa, crees no tener nada y sin embargo el ladrón hizo que te vieran como a un potentado, el poseedor, el que tiene si acaso lo mismo que ellos: a dónde tan de prisa, por qué corre, pérese ai, le digo, ¿qué no me oye?, el ladrón te robó la ruta, el sentido, la dirección, se llevó lo que más querías, y no sabes qué, por siempre te dejó la incertidumbre, esa perpetua posibilidad de toparlo nuevamente. Con plena confianza Nadie te transita ya. Nada te garantiza seguridad alguna en el espacio-tiempo donde cada urbanita mira de reojo, ciscado, al otro.

Es humo turquesa. Estrella que se agita. Melena al viento. Ola que revienta. Errancia sin fin. Nostalgia disuelta en sales aromáticas. Es norte y sur y este y aquel y allá y acullá, noche y día. Es obsidiana que rebana y tinta indeleble difícil de leer. Es mortaja y crianza noble que detesta Autoritarios cuando hocean estiércol de la vida, que abunda. Y flor de mayo cuando benigno el tiempo descuella su corola de seis pétalos sonrientes, porque unos a otros se acarician y chisporrotean p’allá  y p’acá. Melancolía muchas veces, retorna del horizonte con la tormenta: negros los nubarrones, inclemente el ventarrón, cegazón de relámpagos y truenos espantaperros. Yodo, miasma, azufre, vomitona, éteres y ésteres, a todo huele en aquelarre del que emerge día tras día nova, destello, fulgor que enamora y, cuidado: seduce la Monstruópolis.



Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz

Escritor y periodista. En 1979 fue nombrado por el Edomex cronista honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl. Su más reciente libro de relatos: Ya somos muchos en este zoológico, Fondo Editorial Estado de México, 2013. En Twitter: @perecru





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