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Un individuo de nombre Carlos Gutiérrez

29 Ene, 2016 Etiquetas: , ,

Su vida se trata de comprar y vender cualquier cosa. Un día le encargaron algo realmente difícil de conseguir.

TEXTO: EUSEBIO RUVALCABA / ILUSTRACIONES: MARCO SOLARES 

Hay un hombre que se llama Carlos Gutiérrez. Su padre murió atropellado por un taxista ebrio. Hace más de cincuenta años. Tanto, pero cuando lo cuenta, los ojos de Carlos Gutiérrez se apeñuscan.

Carlos Gutiérrez vive de comprar y vender cualquier cosa. Por ejemplo un vecino le pide un tapete que diga Welcome. Carlos Gutiérrez se lo consigue. Así sea que se tarde semanas. No importa que el tapete sea usado. Eso a nadie le importa.

Todo mundo piensa que es el hombre más aburrido del mundo. Pero no. A sus casi 65 años, alto, de barba entrecana, bien parecido, de pronto le suceden acontecimientos extraordinarios.

Un día le encargaron algo realmente difícil de conseguir. Aun para él. Que le iba a llevar muchos desvelos. Muchas caminatas. Si es que lo conseguía. Se trataba de un cucú. Un reloj de pared que al momento de dar la hora se abría una puertecilla, brotaba un pajarito y emitía un simpático cucú. Tantas veces como era la hora que indicaba. El cliente acompañó el pedido con un dibujo para darse a explicar. No quería confusiones. «Estoy dispuesto a pagar bien —acotó—, pero quiero un cucú con estas especificaciones. No es para mí. Es para mi hijo de seis años. Padece leucemia y quiero hacerle ese regalo antes de que se agrave su estado. Por eso me urge. Lo vio en una película de animación. El reloj era un personaje. Mejor dicho el cucú».

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Carlos Gutiérrez salió con aquella encomienda en el corazón. Se le había dicho que era algo urgente, casi una emergencia, y cuando eso sucedía ponía todo su empeño. De entrada, empezó por recorrer dos establecimientos: las relojerías de viejo —que las había— y los bazares. Todo en el barrio de Tlalpan, donde vivía.

—¿Tendrá un cucú como éstos? —le preguntaba al encargado con el dibujo en la mano. —¿O no sabe de alguien que lo venda?

Pero las respuestas siempre eran negativas. ¿Cómo era posible? En alguna casa tendría que haber uno. Y que estuvieran dispuestos a venderlo. Bueno, ya encontraría la manera. Si de algo se jactaba era de que sabía convencer a la gente. Los días se convirtieron en semanas.  Y las semanas en un mes. Dos meses. Hasta cuatro meses. La paciencia empezaba a apabullar el ánimo de Carlos Gutiérrez. No es que fuera impaciente. Nada de eso. Al contrario. Para surtir un pedido requería investirse de paciencia. Y como si fuera poco, tenía encima la exigencia de su mujer. Que todas las mañanas le decía que necesitaba dinero. Que para cubrir los gastos de la casa se requería peso sobre peso. Si tuviéramos hijos no sé cómo le ibas a hacer. ¿Por qué no buscas en internet?, lo acometía la mujer babeando de coraje. A lo que él respondía: Porque ni muerto voy a meterme a esa estupidez. Yo resuelvo las cosas a mi manera. Y no voy a alegar contigo. Estás loca si quieres cambiar mi modo de pensar.

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Con el ánimo en el suelo, Carlos Gutiérrez se daba cuenta de que la maquinaria del tiempo avanzaba en forma implacable. Repasó las colonias que había visitado. Barrios donde los bazares y las ventas de garage predominaban: la Condesa, la Roma, la Cuauhtémoc, Polanco, la Anzures, la Doctores… Inútilmente. Incluso hizo algo que nunca en la vida había hecho: Detener a los peatones y preguntarles si sabían de algún reloj despertador de cucú que estuviera en venta. De alguna familia que estuviera deshaciéndose de sus cosas. De alguien que hubiera caído en bancarrota. Hasta en un desahucio podría encontrarse el cucú. Y desde luego al momento de preguntar extraía de la bolsa de su camisa el dibujo, que a estas alturas ya apenas resultaba inteligible. Pero en fin. Alguien le daría razón. Aunque ese alguien, dónde diablos se encontraba.

Aún estaba en la cama con su mujer cuando tomó la decisión. Iría a hablarle al cliente. Le explicaría todo. Ya habían pasado casi seis meses. Era hora de darse por vencido. Odiaba presentarse con cara de fracasado, pero era preferible a que el niño pasara más tiempo en la incertidumbre. Si es que su padre no le había conseguido el cucú por otro lado.

Tuvo suerte. El propio cliente le abrió la puerta. Su semblante era taciturno. No reflejaba ninguna emoción.

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—¿Consiguió el cucú? —preguntó de inmediato, con un dejo de esperanza en su voz.

—No, en ninguna parte. Lo busqué por los últimos rincones de esta ciudad. Y no tuve éxito. Me vine a disculpar con usted. Y a pedirle que me amplíe el plazo. Se lo ruego. Por su hijo.

—Mi hijo murió hace cosa de un mes, mes y medio. Habría tenido un poco de consuelo con ese maldito cucú. Murió preguntando por él. Ni modo. Siempre tuvo mala suerte. Su madre murió cuando lo dio a luz. ¿Le debo algo?

—Nada, nada. Gracias. Perdóneme —respondió Carlos Gutiérrez y se dio media vuelta.

Echó a andar. Caminó varios metros. Hacia lo lejos, la calle se perdía en una especie de línea sinuosa. De pronto, vino hasta sus oídos el cucú de un reloj despertador. Prefirió no detenerse ni volver la cabeza.

Técnica de las imágenes: grafito/papel.


Eusebio Ruvalcaba
Eusebio Ruvalcaba

Escritor mexicano. Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951. Entre sus obras destacan: Un hilito de sangre (1991), Músico de cortesanas (1993), Banquete de gusanos (2003), Una cerveza de nombre derrota (2005). Ha colaborado en las revista La Mosca en la pared y en el blog de música de Nexos. Su blog.





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