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Una Elena de carne y hueso

22 Ago, 2017 Etiquetas: , ,

¿Qué hay detrás de la autora de Recuerdos del porvenir? Entre el misterio y los lugares comunes, la investigación periodística de Rafael Cabrera plasmada en Debo olvidar que existí abre paso para que nos acerquemos a una respuesta, así ocurrió con quien esto escribe, una lectora que logró ver a Elena Garro de carne y hueso.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS / VIDEO: CÉSAR PALMA Y XOCHIKETZALLI ROSAS

[La entrevista]

 

Dejé de odiar a Octavio Paz cuando terminé de leer Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro. Porque en la historia que nos relata Rafael Cabrera sobre la mítica Elena Garro apenas y menciona unas cuantas veces al premio Nobel de Literatura, a pesar de que los escritores estuvieron un poco más de 20 años casados; incluso en la entrevista que tuve la oportunidad de realizarle al autor sobre su libro, no pude quedarme con las ganas de preguntarle por qué Paz era un fantasma en Debo olvidar que existí. Pero sobre todo dejé de odiarlo porque Cabrera rompió con la concepción que había construído sobre la autora de Recuerdos del porvenir.

Vayamos por partes. La primera vez que me sentí intrigada por Garro fue cuando todas las referencias o comentarios que recibía sobre ella eran, precisamente, por su matrimonio: «La escritora que fue esposa de Octavio Paz». ¿Lo más importante en la vida de esta mujer fue su matrimonio? ¿O lo fue por la figura intelectual que era Paz?, me preguntaba cada que escuchaba aquella frase, y por eso, creo, comencé inconscientemente a generar una aversión hacia Paz, que ahora definí como odio.Y ahí vino el segundo momento en que me sentí intrigada por ella: sentí la necesidad de leerla, de conocer a la mujer y a la autora a través de su escritura. Siempre he creído que los autores o literatos se dejan de apoco en su obra, y ahí creí que era la mejor manera de hallar a Elena.

Empecé así a leer varios artículos —la mayoría, y en primera instancia, con tintes biográficos sobre ella—, después llegué a su obra, hace apenas un par de años. Quise empezar por lo grande [me dije cuando comencé a leerla] y llegué a la célebre Recuerdos del porvenir. Elena, la escritora, me cautivó de inmediato. Su prosa me pareció hermosa y excelentemente pensada. Aquella novela me absorbió, me agarró de tal forma que pude dejarla en ningún momento: en el transporte o caminando por la calle. Sin duda, hablar de este libro da para otro texto que no es este. Pero, lo cierto es que, en lugar encontrarla y comprenderla —como esperaba—, tras la lectura de sus letras Elena me intrigó aún más.

Lo que quería era conocer a la mujer detrás de la narrativa, sus motivaciones, la entraña detrás de las historias que nos narraba. Así que comencé a empaparme más de ella: cada vez que sabía de algún programa televisivo sobre ella, trataba de verlo; si encontraba en la web algún artículo, ensayo o libro, trataba de leerlo. Todos me fueron mostrando un poco de la mujer y de la autora; cambiaron algunas ideas —que ahora puedo reconocer como erróneas— que tenía sobre ella, su obra y su vida. Pero Cabrera me mostró el mejor rostro que, hasta el momento, tengo de ella.

Sin duda algo —aún desconozco qué— hizo crecer mi aversión hacia Paz, pero sé que eso mismo también hizo que idealizara más a Elena. De pronto, para mí dejó de ser humana, por decirlo de alguna forma. Pero ahí fue donde apareció el libro de Rafa Cabrera. Este periodista me mostró —no sólo la riqueza que yo misma encuentro en la investigación de archivos históricos— por vez primera un rostro de Elena que iba más allá de mis elucubraciones. Me la humanizó por completo. En Debo olvidar que existí: encontré la simbiosis pura, la misma unidad, mujer y autora.

Portada del libro de Rafael Cabrera. Lee aquí un fragmento.

Primero me reveló información y datos que para mí eran desconocidos sobre ella [quizá por mis pocas lecturas o mi ignorancia], como su vida en París y en Estados Unidos, cuando salió huyendo de México. Y después, al centrarse —precisamente— en ese periodo del Movimiento Estudiantil de 1968, y los años posteriores, uno de las épocas más oscuras de Elena, me hizo verla con otros ojos, ver algo de la esencia que la conformaba. Me resultaron una gran revelación las imágenes que Cabrera construyó de Elena en esos años, con lo que declaraba, con lo que escribía, por cómo llevaba su vida y la de su inseparable hija, Helena Paz Garro.

Creo que por vez primera la vi en su pasión plena y pura; esa pasión que también consume, como creo que ocurrió con ella [no seré tan spoiler y deberán llegar al libro de Cabrera para entender mejor]. Pero lo que sí puedo decir es que cada capítulo para mí era un hallazgo nuevo sobre la mujer y sobre la autora; por eso creo que rompió por completo con la concepción que había creado en torno a Garro.

Nunca creí que Elena estuviera loca, como se decía de ella por su forma de actuar y llevar su vida. Pero sí, muchas veces, creí que había sido sometida por el hombre con el que se había casado [quizá de ahí mi aversión]. Pero Cabrera, con su investigación, su obsesión —como él mismo la llamó en la entrevista— por Garro, me reveló en realidad el porvenir de algunos de los «sometimientos» de la también autora de La culpa es de los Tlaxcaltecas; algunos de sus infiernos, de sus paraísos.

También quedé maravillada con la parte gráfica que Rafa integró al libro — y por la forma en cómo llegó este archivo a sus manos [lean el capítulo llamado «El álbum perdido» para que comprendan mejor de lo que les hablo]. Aquellas fotografías desconocidas de Elena; esas en las que se ve nostálgica, sonriente, deshinibida.

Debo olvidar que existí resultó un verdadero retrato inédito de Elena Garro.

Por eso en la charla que tuve con Cabrera le dije que yo había apreciado mucho que hubiera logrado el equilibrio entre los claroscuros de Elena. Porque aunque parecía que todo iba a terminar fatalmente [finalmente, quizá sí] él había logrado rescatar con varios flashbacks, precisamente colocados en el relato, los momentos luminosos de la autora. Al leer el libro, el lector o la lectora se topa de frente con el torbellino de oscuridad y de genialidad, naturalidad y belleza que tiene Elena, lo que permite comprenderla mejor.

En Debo olvidar que existí: encontré la simbiosis pura, la misma unidad, mujer y autora.

Y entonces cuando terminé de leer Debo olvidar que existí  dejé de odiar a Octavio Paz, porque pude comprender [al menos someramente] su paso —breve y a la vez largo— por la vida de Elena, [quizá] su significado. Fue en ese momento que la vi distinto [aunque aún me intriga; ahora incluso Helena Paz Garro —la hija de ambos escritores—, porque ese nuevo pasatiempo me dejó Cabrera], y fue cuando también dejé de idealizarla; cuando vi a Elena Garro en carne y hueso.

 

Imagen de portada: Cortesía Rafael Cabrera.


Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas

Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com





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