Recomendamos

Una guerra desconocida, fragmento de «Honduras a ras de suelo»

13 Jun, 2016 Etiquetas: , ,

Fragmento del libro Honduras a ras de suelo. Crónicas desde el país más violento del mundo, de Alberto Arce [Ariel, 2016], publicado con autorización de Editorial Planeta México.

TEXTO: ALBERTO ARCE

San Pedro Sula no ha estado siempre en el mismo sitio. Hace varios siglos los colonos españoles decidieron trasladarla de lugar para protegerla de los constantes ataques de los piratas. Hoy se encuentra situada al norte del país, a menos de una hora de la costa del Caribe.

San Pedro Sula se extiende en forma de cuadrícula, más horizontal que vertical, como toda ciudad colonial sin capacidad para empalmar rascacielos. Rige un urbanismo de círculos concéntricos de pobreza y marginalidad, colonias de aluvión separadas del centro de la ciudad por carreteras radiales. Estas tierras de nadie ofrecen unas estadísticas de violencia que, según un amigo matemático, si se produjera un mínimo descenso de la natalidad, vaciarían la ciudad en 87 años.

El trayecto de tres horas desde Tegucigalpa al Valle de Sula conviene hacerlo de día por seguridad. Además de eso, hay que tragarse atascos, atravesar montañas, desfilar ante una base militar norteamericana, acelerar por llanuras, comerse un pescado frente al lago de Yojoa y, al final, aburrirse a lo largo de una recta de más de 20 kilómetros que desemboca ofreciendo una inmejorable vista de la planicie más rica y violenta de Honduras.

En San Pedro Sula mueren asesinadas 166 personas por cada 100 000 habitantes al año. Con estos datos, a los periodistas nos encanta definir San Pedro Sula como «la ciudad más peligrosa del mundo».

___

El alcalde, Juan Carlos Zúñiga, es un joven cirujano, fornido y elegante, de barba afilada. No tiene problemas en reconocer que el lugar se encuentra, de nuevo, amenazado por una violencia a la que las autoridades no son capaces de hacer frente. Moverla de nuevo de lugar no sería la solución, porque es imposible esconderse de la violencia en Honduras.

La entrevista es breve y protocolaria. Zúñiga está harto de la coletilla «el lugar más peligroso del mundo», y trata de defender su gestión aportando detalles que no le interesan a casi nadie. Hace lo que puede, lo que dicta el manual de la cooperación internacional, que deja cuartos y establece protocolos, pero que, hasta el momento, no ha servido de nada. Sentado en el sofá envejecido y de mal gusto que trata de darle un aire acogedor a su despacho, el alcalde se rodea de varios asesores y desgrana como un disco rayado números y proyectos con tan poca intensidad que, con el relato del segundo albergue donde se enseña un oficio a niños de la calle, desconecto y comienzo a releer mis notas.

Mis notas están llenas de muertos:

• En Honduras mueren asesinadas 85 o 91 personas por cada 100 000 habitantes, según la fuente sea local o internacional. Con estos datos, a los periodistas nos encanta definir Honduras como «el país más peligroso del mundo».

• En San Pedro Sula mueren asesinadas 166 personas por cada 100 000 habitantes al año. Con estos datos, a los periodistas nos encanta definir San Pedro Sula como «la ciudad más peligrosa del mundo».

• La Organización Mundial de la Salud ha decidido que a partir de ocho la violencia es epidémica. Un país europeo medio, como España, no llega a uno.

A los periodistas nos ponen las ciudades más peligrosas, los hombres más gordos y el último superviviente de las trincheras de Normandía.

Con estas cifras, parece más sensato visitar las urgencias de un hospital que el despacho del alcalde.

___

Hay tantas balaceras en la ciudad que sabíamos casi a ciencia cierta que la carnicería seguiría en el mismo lugar una hora después de cometida. Cuando nos bajamos del taxi ni siquiera había llegado la policía

El Mario Catarino Rivas parece el nosocomio de un país en guerra, de esos que despiertan la solidaridad y la indignación internacional. Atiende una guerra desconocida y de baja intensidad. Saturado, con instalaciones anticuadas, precarias y regadas de sangre que nadie tiene tiempo para limpiar, al hospital le faltan hasta las camillas para recibir a los pacientes, y son sus acompañantes quienes deben cargarlos desde el vehículo hasta la entrada, moverlos de cama en cama o de colchón en el suelo a colchón en el suelo. También los lavan y los alimentan, y les compran medicamentos, gasas y jeringuillas. Basta con llegar a la puerta y pasar. En el caos de Honduras no es habitual pedir permisos para trabajar. Los médicos tienen bastantes problemas como para preocuparse de ocultarle algo a la prensa.

Todos los médicos del servicio de urgencias son estudiantes en prácticas. Natalia Galdámez es uno de ellos. Consulta su hoja de ingresos de las 10 de la noche: 19 pacientes con signos de violencia, la mayoría varones de entre 15 y 25 años heridos por disparos y machetazos. La versión de los heridos es siempre que alguien llegó y les disparó sin mediar palabra. Con algo hay que rellenar la casilla del formulario.

Varias de las personas ingresadas aquella noche en el hospital eran víctimas de un tiroteo en el billar de Choloma. El hijo de una de las fallecidas nos propuso llevarnos hasta el lugar donde, según dijo, yacían reventadas al menos tres personas más. Aceptamos. Hay tantas balaceras en la ciudad que sabíamos casi a ciencia cierta que la carnicería seguiría en el mismo lugar una hora después de cometida. Cuando nos bajamos del taxi ni siquiera había llegado la policía, y los únicos valientes que se atrevían a arremolinarse en la puerta del billar, un poco entornada, eran un par de adolescentes con familiares muertos dentro del minúsculo local. Es difícil olvidarse del olor de la sangre regada por la tela de una mesa de billar, del tamaño de las heridas de escopeta, de los vasos de guaro [aguardiente de caña] derramados junto a los cuerpos, de la irrelevancia de sus muertes, de las horas que tardan en levantarse los cadáveres, de lo fácil que sería, si uno quiere, entrar y hacer desaparecer los casquillos si fuera necesario. Es imposible no dejarse afectar por la facilidad para hacer el mal que impregna la noche de San Pedro Sula. Es imposible no enfadarse cuando compruebas que no puedes hacer una foto por falta de ángulo. Es imposible no pasar miedo ante los cadáveres, el silencio, la oscuridad, los muertos, los jóvenes en la puerta y la sensación de estar totalmente vendido si los asesinos desean regresar. A veces pasa. Regresan. Pese a eso, a una hora del hotel y media hora de la gasolinera más cercana, las ganas de mear pueden llevarte a doblar la esquina del local contra cualquier lógica. Mirando continuamente a los lados. Agudizando el oído por el terror de que alguien aparezca por detrás de entre las sombras y te agarre en una posición en la que no puedes echar a correr. Así fue, me pegué a la pared, caminé y llegué a la parte de atrás, el único lugar en el que mear sin alejarme demasiado de la gente y al mismo tiempo suficientemente resguardado como para que no me vieran orinar al lado de los muertos y lo tomaran como una falta de respeto. Al levantar la cabeza, vi un ventanuco cubierto por un plástico negro con un agujero en el medio lo suficientemente grande como para ver los cadáveres en el interior del local. La foto. El plano.

—¡Esteban! ¡Ven a ver esto!

—¡Púchica! Vaya foto, compañero, déjame intentarlo —dijo sin mirarme mientras acercaba el objetivo al agujero.

—¿Te abro más el agujero? —pregunté—. Es plástico y puedes pillarlo todo —propuse.

—No, ni se te ocurra tocarlo. Nosotros no podemos tocar nada para hacer una foto.

Esteban Félix me enseñó mucho sobre periodismo durante los dos años siguientes. La foto de los cadáveres vistos a través del agujero del plástico negro le valió a Esteban el World Press Photo.

___

De vuelta al hospital, mientras charlábamos con la doctora, seríamos testigos de cómo Natalia y sus compañeros lograron salvarle la vida, casi sin medios, a un hombre que tenía la parte posterior del cuero cabelludo cortada a machetazos, y de cómo un anciano con un disparo en el estómago sobrevivió a la extirpación de un riñón. Los médicos le entregaron el órgano a su sobrino en una bolsa de plástico para que lo llevase a analizar, un gasto que el hospital no podía asumir. La doctora, como muchos de sus vecinos, está harta y desmotivada. Dice que con su experiencia preferiría trabajar en algún destino bélico antes que quedarse en su propia ciudad para taparle heridas a esta guerra sorda a la que nadie quiere llamar guerra.

___

Honduras no es más que un pequeño país al que le ha caído encima la maldición de la geografía, la desafortunada carga de ser el lugar de paso para la droga que llega a Estados Unidos, un país mula al servicio de los consumidores de cocaína estadounidenses, un territorio alquilado para el placer de otro. San Pedro Sula es el punto de parada y fonda de una cadena de suministro que termina en los bares de Manhattan o las fiestas de Harvard. Un gramo de coca en Honduras cuesta 10 dólares, en México, 30. En Nueva York, más de 100.  «Si ellos no consumieran, nosotros no viviríamos lo que vivimos», es la frase que se escucha con más frecuencia cuando se piden explicaciones. En el momento más nihilista de nuestras noches hondureñas, siempre nos gusta soltar eso de que cada tirito horizontal sobre la mesa es un hondureño muerto.

San Pedro Sula comparte con La Ceiba y con el departamento de Cortés, en la frontera con Guatemala, un índice de asesinatos que como mínimo duplica al promedio nacional, y que multiplica por 100 el promedio de cualquier país europeo. Según un estudio de la onu, el 13% del pib de Honduras está relacionado con el tráfico de drogas. Si en el pasado la cocaína llegaba hasta Estados Unidos directamente desde Colombia, en los últimos años el tráfico se ha canalizado a través de Honduras. La tendencia se acentuó especialmente desde la crisis institucional que siguió al golpe de Estado de 2009.

Portada_honduras-a-ras-de-suelo

Portada del libro publicado por Planeta.

El presidente Manuel Zelaya fue sacado de su cama a punta de fusil en vísperas de la consulta popular para convocar una asamblea constituyente que muchos consideraban como deriva chavista. Fue entonces cuando los encargados de aplicar la ley cayeron definitivamente en el desorden. Dedicaron sus fuerzas a estabilizar al gobierno y reprimir a la oposición, antes que a frenar «narcovuelos». Estados Unidos y la Unión Europea suspendieron sus programas de asistencia antidroga. Ningún país del mundo reconoció al Gobierno golpista. Una de las consecuencias del golpe de Estado fue una especie de fiebre del oro de la cocaína. Se dispararon los vuelos directos. Desde entonces, el 90% de la cocaína que ingresa en Estados Unidos transita por América Central.

Emilio Ulloa es el gerente de seguridad de Dole, la bananera más grande del mundo y la mayor propietaria de tierras de la costa caribeña. Con esa sinceridad del testigo lúcido e impotente, me contó cómo las pistas de fumigación de la empresa fueron utilizadas como «narcopistas» al menos cuatro veces entre 2006 y 2008, es decir, antes del golpe de Estado. Grupos de hasta cuarenta hombres fuertemente armados llegaban en camiones, reducían y ataban al solitario guardia con revolver y descargaban la mercancía del avión. «El combate es desigual», se lamentan. «El narco juega al ataque y ni siquiera hay combate». Es una guerra asimétrica. A un lado, los policías hondureños con míseros salarios y mal equipados; al otro, sicarios mejor armados defendiendo cargamentos que valen millones de dólares.

Más que limitarse a ser un tipo de violencia, el narcotráfico es la dinamo que alimenta todas las violencias del país. Actúa como una multinacional que crea empleo mediante subcontrataciones locales. Una multinacional tan poderosa que termina por penetrar y corromper todas las estructuras del Estado.

La frontera entre la delincuencia común y el crimen organizado se ha diluido en los últimos años por culpa de la cocaína. El sicariato, los crímenes por encargo y los ajustes de cuentas que piden los cárteles de las drogas los realizan ahora las pandillas que antes robaban teléfonos o asaltaban bancos. Esto ocurre, en parte, porque los narcos han comenzado a pagar los servicios de transporte con droga en vez de con dólares. Les resulta más fácil y barato. Pagar en especie o con cupones en el economato de la fábrica siempre ha sido parte de las estrategias de dominación de los propietarios sobre los empleados. Y eso se traduce en una guerra de baja intensidad desarrollada entre pandillas, bandas de pequeños dealers, extorsionadores y unas fuerzas de seguridad que cruzan la frágil línea que separa la ley del delito, situándose indistintamente de un lado u otro.

En Honduras aún no ha comenzado una guerra por el control de las rutas, como ocurre en el México de los cárteles. Salvo hechos aislados, en Honduras aún no hemos visto masacres de dos docenas de personas a la vez, ni decapitaciones sistemáticas, ni cuerpos sometidos al ácido, como ocurre en el México de los cárteles. Pero lo que sí se ve en Honduras es a civiles inocentes muriendo en el fuego cruzado entre ejército y narco, como también ocurre en el México de los cárteles.

 

Imagen de portada: P6258933-Edit by Bartosz Brzezinski. Flickr-[CC BY-NC 2.0]


Alberto Arce
Alberto Arce
Antes de asentarse en la redacción de Associated Press, en la Ciudad de México, se dedicó a viajar como freelance por Palestina, Irak, Afganistán, Irán, Libia. Dirigió, junto con Mohammad Rujailah, el documental To Shootan Elephant, dedicado a los equipos de ambulancias de la Franja de Gaza y a los mil 412 palestinos víctimas de la operación Cast Lead. Trabajó en Guatemala para Plaza Pública, y fue corresponsal de AP en Honduras entre 2012 y 2014. Es autor de Misrata Calling. Por su cobertura en Honduras recibió los premios Tom Renner Award (2014); Batten Medal, de la American Society of Newspaper Editors (2014); Robert Spiers Benjamin Award, por la Mejor Cobertura de América Latina (2012); Deadline Club, Society Profesional Journalists New York, en la categoría Newspaperor Digital Beat Reporting (2013); Sigma Delta Chi Award for Best Foreign Correspondence (2013), entre otros.




Artículo Anterior

Los Espíritus: el fuego nos unió una noche

Siguiente Artículo

Saltó la liebre contra la diversidad sexual





También te recomendamos


Más historias

Los Espíritus: el fuego nos unió una noche

Ocurrió el 19 de mayo en la Ciudad de México, cuando, para dar inicio a su primera gira por México, presentaron su álbum...

09 Jun, 2016