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Una mirada a Tenancingo

22 Abr, 2014 Etiquetas: ,
Al hablar sobre Tenancingo, Tlaxcala, es casi inevitable referirse a la trata de personas en México;
pero, ¿qué tanto conocemos el contexto social, político y cultural de este lugar?
Aquí un acercamiento.
TEXTO: ARELI ROJAS RIVERA

El 9 de  marzo decidí visitar el famoso y estigmatizado carnaval de Tenancingo, un municipio al que medios nacionales e internacionales le dicen “La cuna de la trata de personas” y donde, se afirma, se venden e intercambian niñas y mujeres.

Antes de emitir cualquier opinión voy a relatar lo que vi y viví al estar en contacto con las tradiciones, costumbres y cotidianidad de este lugar al que tanto miedo y “rechazo” tienen decenas de periodistas y activistas.

Tenancingo, en náhuatl Tenantzinco, “lugar fortificado o amurallado”, se ubica en Tlaxcala y no tiene más de 12,000 habitantes. Ahí cada año se realiza un peculiar carnaval que mezcla tradiciones prehispánicas con las de semana santa.

El carnaval comenzó muy temprano, a las 8:30 de la mañana. Yo llegué a las 8:40, demasiado tarde para alcanzar a pagar entre 5 o 20 pesos para que un vecino o vecina cerca del centro de la plaza principal me dejara subir a su azotea a verlo. Busqué el modo de apreciarlo. Un locatario me relató que existen 5 barrios, cada uno viste de un color distinto para ir al carnaval. Todo, con excepción de la hora de inicio de las actividades, me parecía muy común hasta el momento. Pregunté por qué todos los participantes disfrazados tenían una cuerda enorme en la mano o colgada en el cuello. El locatario con risita burlona me contestó: “no es una cuerda, es un látigo relleno de plomo y con ese ahorita los 5 barrios se van a agarrar a latigazos por una hora más o menos hasta que se cansan o hasta que algunos se salen porque la carne ya no aguanta”.

Cuál habrá sido mi cara ante la explicación, que sin pasar más de 10 segundos el señor me dijo: “ya ves, por eso recomendé que llegaras temprano para que nos trepáramos en una azotea y verlo de lejos, ahora si lo quieres ver bien vas a tener que acercarte lo más que puedas a donde se dan de latigazos. No te preocupes, te acompaño, pero te pones bien abusada porque a veces estos no se aguantan y se tiran de balazos; si te digo corre, ¡corres en dirección contraria de donde está la bola!”. Contesté: “Ok”.

Antes de meternos entre la muchedumbre le pregunté a mi guía turístico si a los latigazos le entraban también mujeres y me contestó que no, que sólo hombres y jóvenes.

Caminamos. Los participantes gritaban y preparaban sus látigos. La pared, una res o un “cristiano” de otro de los cuatro barrios valían lo mismo en ese momento de dar latigazos. Sentía un poco de miedo pero mi curiosidad por conocer la cuna de las costumbres y forma de pensar de algunos personajes que han sido captados por las autoridades como los más peligrosos delincuentes era mayor.

Las azoteas de las viviendas aledañas a la plaza principal en donde se encuentra la presidencia municipal y la iglesia se encontraban repletas de familias esperando el espectáculo colorido y agresivo.

Muchas miradas sobre mí, creo se notaba mucho en un pueblito donde casi todos y todas se conocen que yo no era de ahí; pero las miradas se esfumaron temporalmente cuando comenzaron los latigazos. Impactante, no le desearía a nadie un castigo de esos, pero los participantes recibieron decenas.

Vi desfilar a heridos que escurrían chorros de sangre porque ya les habían abierto la piel o  por un mal golpe en la cara. Les preguntaba si los llevarían directo al hospital o qué iba a pasar. Me contestaron que no, que ya estaban acostumbrados. Los llevaban a su casa, les echaban alcohol y si en serio era algo muy grave, al día siguiente los llevarían a ver a algún doctor.  

De repente el sonido de los latigazos fue tan fuerte que se confundió con el de balazos. Mi guía gritó “¡corre!” En medio de la multitud me abrí cancha y corrí no más de un kilómetro.

El carnaval terminó y regresé a ver qué ocurría, todos se dispersaron. Yo me quedé con cientos de dudas, pues iba con la idea y temor de que iban a intercambiar niñas y mujeres o algo similar; tenía un poco de miedo a que descubrieran que soy una de esas mujeres que todo el tiempo está buscando que castiguen y agarren a los tratantes de personas.

Me atreví a preguntar a un par de locatarios que me inspiraron confianza: ¿Saben que en muchos medios dicen que en su carnaval se trata con mujeres y niñas, verdad? A lo cual respondieron: “Sí, eso dicen pero no todo lo que dicen los medios y las diputadas es cierto, en el carnaval no hay eso”. Les dije: “cómo me aseguran que las niñas y mujeres espectadoras no son víctimas o próximas víctimas” y me contestaron “no te lo podemos asegurar, seguramente sí hay algunas, pero Tenancingo no solo es eso, sí hay problemas graves de trata de personas pero no todos somos así”.

Me puse a reflexionar mientras caminábamos hacia una casa a esperar el siguiente espectáculo. Estarían unos charros, habría baile y desfile; ahí sí participarían mujeres y hombres; como en muchas otras zonas del mundo las costumbres con algo de carga machista se hacen notar.

En el camino, noté cómo un hombre le dio una palmada en la espalda a un niño de no más de 10 años. “Háblale”, lo instó y me señaló. El niño me volteó a ver y se acercó cuando paramos en una casa. “Hola, no eres de aquí ¿verdad?”, dijo. Uno de sus compañeros de más edad también se acercó a ofrecerme uno de los trajes que usan por si quería una foto y me explicó en lo que consiste el disfraz. Después de 15 minutos soltó: “¿me regalas una foto pal´Face?”. Y yo pensé en que si se la regalaba no sabía en dónde iba a parar y si se la negaba me iba a preguntar por qué y que esos cuestionamientos podían no tener fin. Acepté. Me puse mis lentes, me cerré la chamarra y le dije “bueno, pero mejor no la subas al Face”. Se acercaron otros 5 a pedirme lo mismo. El niño que me abordó al principio me dijo “oye, cobra o ¿puedo cobrar por las fotos que te saques con ellos?”. Me terminaron de caer muchos veintes ante esa exclamación. Tomé al niño de la mano y le dije “mejor vente a sacar una foto conmigo, no te cobro ni tú me cobras, es simplemente un bonito recuerdo de que me dio gusto conocerte”.

Después en una charla previa al espectáculo de los charros, me relataron muchos aspectos de la vida cotidiana del municipio: las escuelas son escasas; es casi inimaginable que alguien de ahí llegue a la universidad y a quienes han tratado de entrar a una en alguna localidad de Puebla u otro estado vecino, les han negado la posibilidad al ver que son de Tenancingo, lo mismo ocurre a quienes han salido a pedir trabajo fuera de la localidad. Tampoco hay lugares culturales, deportivos, comercios o parques y se ha soltado una ola migratoria debido a las carencias que existen. 

En ocasiones el fenómeno migratorio se mezcla con el de la trata de personas y es por eso que las víctimas terminan siendo explotadas en otros países, claro que no todos los que migran son tratantes. Sin duda la problemática de la trata de personas existe y se tiene que atender, como también en Tlaxcala y Puebla, Guerrero, Oaxaca, Distrito Federal y otras entidades receptoras del “efecto cucaracha” derivado del “boom” mediático sobre Tenancingo. Muchos y muchas hablan del asunto; sin embargo, nadie aborda su complejidad: cultural, estructural, social y antropológica. Hasta ahora no hay un plan integral de ninguno de los tres órdenes de gobierno.

Gobiernos de múltiples colores, hasta llegar hoy el naranja de Movimiento Ciudadano, han pasado por Tenancingo sin realizar acciones que realmente mejoren la situación; muchos medios y activistas alarman y se alarman con historias del lugar, algunas ciertas y otras inventadas por eso del “rating”, pero nadie ha intentado hacer un trabajo desde la raíz para hacer de éste un lugar mejor.

Ya que sabemos la situación ¡No esperemos y actuemos en todos los lugares del país con situaciones similares!, porque así como Michoacán es México, Tenancingo también es México.



Areli Rojas Rivera
Licenciada en Ciencia Política por el ITESM. Actualmente es directora de la Revista Valores Online, integrante del consejo Asesor de Girl Effect México. Su actividad principal es dirigir la Fundación Y Quién Habla por Mí?, organización dedicada a combatir la trata y tráfico de personas de primera infancia. En Twitter: @barbieroja.




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