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Uno más en la tormenta

14 Jun, 2018 Etiquetas: , ,

John Maxwell Coetzee tiene la capacidad de un escritor sólido, dice Luis Aguilar en esta nueva entrega de Can Cerbero, pues el autor sudafricano cuenta con la empatía necesaria para entender la humanidad por la que se deja arrastrar para conseguir las emociones para escribir.  

TEXTO: LUIS AGUILAR

No es sencillo encontrar la belleza dentro de una tormenta; estamos acostumbrados a ver el caos y en contadas ocasiones nos detenemos a percibir el balance, la unión de los elementos para equilibrar su naturaleza. Hace falta más que la vista o el oído; hay que abrirse por completo y dejarnos llevar.

Tal es el caso de John Maxwell Coetzee, quien se deja arrastrar por la humanidad para conseguir las emociones que lo llevan a escribir; sin embargo, la literatura no bastó para este sudafricano ganador del Premio Nobel. Al inicio de su vida recurrió a la fotografía para acercarse al ser humano, por lo menos al inicio de su vida y es un hábito que no dejó de lado.

Como lo escribió en Hombre lento, un libro impulsado por su pasatiempo y la fuerza de su pensamiento, mezcladas con la importancia de la fotografía en su vida.

Suele confiar en las fotos más que en las palabras. No porque las fotos no pueden mentir, sino porque, en cuanto salen del cuarto oscuro, quedan fijas, inmutables. Mientras que los relatos parecen cambiar de forma todo el tiempo.

Coetzee tiene la capacidad de un escritor sólido; cuenta con la empatía necesaria para entender lo que sucede en la vida de un hombre a quien le amputan una pierna tras un accidente. Su solitaria vida autónoma se transforma con la llegada de su enfermera de quien no tarda en caer en las redes de su belleza.

Está usted cautivado por algo, ¿verdad? Hay alguna cualidad en ella que lo atrae. Tal como yo lo veo, esa cualidad es su plenitud, la plenitud de la fruta en su espléndida madurez… Está plena porque es amada, tan amada como se puede esperar es amada en este mundo.

Para los que han vivido el rechazo de una mujer, se les facilitará entender a un viejo enamorado de una mujer 30 años menor, casada, madre de tres hijos y hermosa; como si no fuera suficiente, cuenta con la característica de ser extranjera, proveniente de una cultura remota, de la que el protagonista instantáneamente quiere saberlo todo a través de ella. Es así como Coetzee logra dimensionar la lucha interna de su personaje.

El destino reparte las cartas y tú juegas la mano que te ha tocado. No gimoteas, no te quejas. Esa, solías creer, era tu filosofía. Entonces, ¿por qué no puedes resistirte a hundirte en la obscuridad?

La tormenta en donde Coetzee encuentra belleza es en las mujeres, y el punto álgido está cuando un hombre se ha enamorado de alguna de ellas, cuando el caos impide que las emociones fluyan positivamente para ambos. Los intereses corren en dirección opuesta haciendo que mientras uno se estremece en la soledad, la otra continúe con su vida cotidiana sin disfrutar las cosas comunes que anteriormente la hacían feliz.

¿Qué haría falta para que lo viera como algo real? ¿Y qué es algo real? ¿El deseo físico? ¿La intimidad sexual? Desde hace un tiempo ya han intimado, más tiempo del que duran algunos matrimonios. Pero toda la intimidad, toda la desnudez, han venido del mismo lado. Tráfico en un solo sentido; ningún intercambio; ni siquiera un beso.

Coetzee revalora y pondera la fotografía, un arte que se ha masificado [es sencillo tomar una foto, aplicarle un filtro y sentirse fotógrafo], y lo hace a través de un hombre que su sensibilidad lo ha llevado al quebranto de su corazón en la última recta de su vida, cuando se supone que se debe estar en paz.

La cámara, con su poder de absorber la luz y convertirla en sustancia, siempre le ha parecido un artefacto más metafísico que mecánico… Cuando la imagen fantasmal aparecía bajo la superficie del líquido, cuando las vetas de oscuridad del papel empezaban a entretejerse y hacerse visibles, él experimentaba a veces un pequeño temblor de éxtasis.

El personaje principal encuentra en la fotografía la vía para llamar la atención de la mujer que ama, le muestra su talento y da lo mejor que tiene, obteniendo a cambio rechazo. Pero este es tan constante que pareciera que le resulta normal esforzarse y quedar con las manos vacías.

No ha habido afecto. ¿Es así de simple, de evidente? Siente como si el corazón, de repente, estuviera demasiado cansado para latir. Las lágrimas salen de sus ojos, pero esta vez sin fuerza, una simple exudación acuosa.

Coetzee escribe para mostrarnos la derrota a pesar de las buenas intenciones, parece decirnos que si se ama con bastante intensidad, no es necesario ser correspondido. Escribe para aquellos que disfrutan de victorias inexistentes, ese algo imposible que está ahí para ser imaginado.

La ambivalencia del hombre es reflejada en sus letras. Deja claro las fuerzas de flaqueza que sacan los individuos cuando la tormenta se intensifica, pero también su disfrutar del caos, el dejarse arrastrar por la furia y avanzar en automático. En cada una de sus líneas se percibe el hartazgo, sus ganas de echar todo por la borda y ser uno más en la tormenta.

Foto de portada: Aquel lugar incomprensible by Santi P. A. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0].


CanCerbero
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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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