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Vamos siguiendo buseros en Medellín

18 Dic, 2017 Etiquetas: , ,

El transporte público es usado por millones de personas en las ciudades del mundo. Según cada país, el servicio tiene vicios y virtudes. La autora de esta crónica se detuvo a escuchar a los conductores de buses de Medellín, Colombia, para conocer otras historias que, de tan cotidianas, a veces pasamos por alto.

TEXTO Y FOTOS: LAURA OSPINA HERRERA

—Por atrás hay salida también, vamos siguiendo por ese medio —dice Nicolás Rodríguez a los pasajeros que suben al bus que conduce.

La micro-buseta que maneja Nicolás es una de las que llenan las calles de Medellín, Colombia, en la hora pico, 16:30 de la tarde. Recorre la ruta 305 de la empresa Comercial Hotelera que va del barrio Los Colores —ubicado en la Comuna 11 [la zona urbana de Medellín se divide en 16 comunas que pertenecen a 6 zonas]—, a la carrera 73 Los Colores. En este tramo se pueden ver la Unidad Deportiva de Belén, la Terminal del Sur de Medellín y el Parque El Poblado.

Cada pasajero pasa por la registradora número 03 y paga 2 mil pesos colombianos [alrededor de 12 pesos mexicanos y menos de un dólar]. Sin importar qué tanto pueda incomodar al resto, empujan con fuerza para entrar. Con una mano se agarran del tubo del techo para no caerse, con la otra aprietan los bolsos para asegurarse de no bajarse con menos cosas con las que se subieron.

Alejandro Montoya, quien prefiere ser citado con este nombre para proteger su identidad, es otro conductor de bus. Lleva tres años y medio manejando. Los últimos cuatro meses lo ha hecho en la ruta Laureles 190. Antes de ser operario de bus fue electricista de carros, pero al quedarse sin empleo, siguió el consejo de un amigo y terminó dentro del negocio del transporte público. A diferencia de su trabajo anterior, en éste sí tienen seguridad social.

La ley colombiana en su artículo 26 del decreto 1703 del 2002 declara que «para efectos de garantizar la afiliación de los conductores de transporte público al Sistema General de Seguridad Social en Salud, las empresas o cooperativas a las cuales se encuentren afiliados los vehículos velarán porque tales trabajadores se encuentren afiliados a una entidad promotora de salud, E.P.S., en calidad de cotizantes».

Cabe decir que lo estipulado en la ley no siempre se cumple, pero Alejandro no se ha visto vulnerado en este aspecto. Aunque no lleva puesto el cinturón de seguridad, no le da descanso al acelerador. Sabe que tiene que correr pues está en las horas muertas [de una a cuatro de la tarde]. Al igual que Nicolás, Alejandro es ágil con sus manos, pero también lo es con sus pies. Hunde el acelerador como si estuviera disputándose el primer puesto en las carreras de autos. Debe hacerlo para compensar las horas en las que mueve tan solo diez pasajeros, y así completar para su sueldo mensual que oscila en el millón de pesos colombianos [poco más de 6 mil pesos mexicanos], cantidad que «no ganaría con otro trabajo», afirma.

Albeiro Vélez es un conductor de vieja guardia. Hace 33 años trabaja en la empresa Circular Coonatra y se encarga, entre otras, de la ruta 301 que hace un trayecto que toma más de dos horas en ser recorrido del todo y pasa por el centro de Medellín y el Parque Natural Regional Metropolitano Cerro El Volador.

La ruta 301 recoge y descarga estudiantes de la Universidad de Antioquia, la Universidad de Medellín y atraviesa la avenida 80 y Colombia, una de las vías en donde confluyen las rutas de buses que van hacia occidente de Medellín.

Al llegar la noche, Nicolás y Alejandro ganan 240 pesos colombianos [1.52 pesos mexicanos] por cada pasajero que se apretuja contra el resto con tal de no perder cupo. Albeiro y Jesús lo hacen por 230 y 300 pesos respectivamente.

Todos recorren las planicies del Valle de Aburrá y las montañas y lomas que rodean y constituyen Medellín, aguantado el calor que emana el motor y pasando las calurosas tardes a punta de bolsas de agua.

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Nicolás empieza su primer viaje a las 4:48 de la mañana. Como vive en Bello, que es un municipio ubicado en el norte del Valle de Aburrá del departamento de Antioquia y conurbado con Medellín, se despierta a las 3:30 para llegar a tiempo por el bus, ubicado en un taller en el barrio Los Colores.

Albeiro también recorre desde temprano las calles. Suele llevar su desayuno: arroz, carne, arepa y cuajada. Lo tiene listo por si alcanza a desayunar a las 8:30 de la mañana, cuando complete el primer viaje del día. En caso de que no le dé el tiempo para hacerlo, no le incomoda aprovechar cualquier espacio para alimentarse dentro del bus. Comer a deshoras, en grandes bocados y a las carreras es la cotidianidad en esta profesión.

—Por eso es que somos tan gordos, porque no nos queda tiempo de digerir la comida —comenta Albeiro mientras  recoge a varios pasajeros en una esquina.

Uno de los pasajeros es un estudiante que le muestra a Albeiro el billete de mil y levanta la cabeza. Albeiro le responde el gesto con otro igual y un rápido «hágale por encima», indicándole así al joven que esta vez podrá viajar sin pasar por la registradora, sin pagar el pasaje completo.

—Hay que ser cordial. Si uno no deja subir gratis, le echan encima a los ladrones. Por ejemplo, los confiteros. Si uno no los deja entrar, lo cogen en la mala a uno, ¿me entiende? Uno genera trabajo, disminuye la violencia y así no le roban a nadie —me explica.

Alejandro es más exigente. Los vendedores ambulantes no corren con tanta suerte cuando él es el que decide quién vende dentro de su bus y quién no.

—Depende de cómo se expresen, de cómo estén vestidos —comenta mientras mira a uno de ellos en el paradero de La Alpujarra, en el centro de la ciudad.

Acompaño a Alejandro en un día de calor. En el recorrido lo veo lidiar con el sofoco. Alejandro utiliza un cojín de agua y así evita las hemorroides que, según me cuenta, son tan comunes en quienes realizan este oficio. Hasta orinar se convierte en un acto mecánico pues la vejiga debe ser educada para pedir el baño pocas veces al día.

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Tras completar un viaje más, Alejandro vuelve al paradero del barrio La Almería. Aquel lugar es el puesto de control por el que deben pasar todos los buses de esta empresa. Le entrega a la chequeadora la tabla con la hora de salida y llegada, ella la firma y se la devuelve. El séptimo viaje comienza.

Alejandro es conductor en la ruta 190, que junto a la 192, es una de las más codiciadas por mover hasta 400 pasajeros diarios. Eso lo hace competir con otros conductores.

Albeiro y Nicolás saben también lo que es competir por trasladar más pasajeros.

—Este trabajo es muy estricto. Si tengo que llegar en 10 minutos y llego en 11, pierdo la tabla… ¡Vea! Uno le termina dejando la gente al de atrás —me cuenta Albeiro.

«Si un compañero va tarde, yo salgo y no él. Le cojo el turno», me dice Nicolás.

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Nicolás maneja desde Los Colores hasta su casa en Bello, donde vive hace dos años con su tía. Recorre casi 13 kilómetros de distancia para dejar su puesto caliente por el calor del motor, quitarse el uniforme y dejar de pensar en cuántas personas necesita recoger para ganar dinero.

Alejandro, soltero como Nicolás, descansa en la casa de sus padres. Y, Albeiro vuelve con su hija y su esposa.

Al día siguiente Nicolás, Alejandro y Albeiro repetirán esta rutina. Recorrerán calles de Medellín trasladando a personas que pocas o nulas veces saben sus nombres. Repetirán aquella frase que identifica a los buseros de esta ciudad: «por atrás hay salida también, vamos siguiendo por ese medio».



Laura Ospina
Laura Ospina

Periodista colombiana en formación. Cree en el poder de los contenidos cautivadores, rigurosos y éticamente responsables para transformar las realidades de los otros. Eligió el periodismo porque contar historias le recuerda la humanidad que tanto nos falta.





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