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#VivasNosQueremos: De la rabia a la esperanza

25 Abr, 2016 Etiquetas: , ,

Como nunca antes miles de mujeres mexicanas salieron a las calles para protestar contra las violencias machistas. Marcharon, bailaron y gritaron en distintos puntos del país. Aquí cuatro miradas de lo que se vivió de Ecatepec a la Victoria Alada, y testimonios que cinco mujeres nos comparten sobre #MiPrimerAcoso, una campaña iniciada en redes sociales por (e)stereotipas.


Sacar la voz
[Xochiketzalli Rosas]

Todas fuimos cómplices. No había miedo. Todas estábamos empoderadas con una sola idea, con un solo sentimiento: NI UNA MÁS. Ni un solo acto de violencia más en contra de las mujeres. Y resonando imperioso en cada consigna: Ni una mujer asesinada más.

Así fue como abandonamos el Palacio Municipal de Ecatepec. Porque en Ecatepec las que mueren son las mujeres.

Éramos pocas. Aquella explanada no alcanzó a llenarse. Pero todas, enfundadas con colores violetas o con alguna pancarta con mensajes contra el machismo y la misoginia, o con frases de libertad pintadas en el cuerpo emprendimos el camino hacia la Ciudad de México.

En auto, en bicicleta o en autobuses dejamos atrás el silencio de las autoridades del Estado de México; ese que apenas se perturba con las diversas manifestaciones que se han realizado contra el feminicidio. Pero sí cargamos con nosotras la rabia, el llanto, las plegarias, la impotencia, porque todas las emociones hervían en las entrañas y querían liberarse del pudor para que camináramos erguidas y sin temor; para que sacáramos la voz.

Al cruzar la línea imaginaria que divide al Edomex con la ahora Ciudad de México, la exigencia de justicia y las voces que clamaban por respeto se habían unido en una sola. En las instalaciones del metro Indios Verdes cada grito parecía inextinguible; apenas terminaba un canto o consigna y la que venía después ya estaba estallando.

En cuestión de minutos nos apoderamos de los andenes y al ritmo de los tambores, silbatos y cánticos bailamos, algunas sin sostenes. Algunas pidieron que los hombres, que iban a apoyar, permanecieran a la distancia.

Fuimos dueñas de nosotras y de todo lo que ocurría a nuestro alrededor.

Dentro de los vagones del metro los cantos no pararon. Incluso incomodaron a otras mujeres que viajaban en el convoy, pero no iban a la protesta. «No seas indiferente, únete al contingente. Los asesinatos de mujeres ocurren frente a la gente», lanzaban algunas, cuando miraban los gestos de desaprobación de sus iguales.

Una mujer que cargaba un bebé, quizá con apenas unos meses de nacido, llamó mi atención. Nos miraba a todas como si estuviéramos locas. Meneaba la cabeza de un lado a otro, desaprobando lo que sus ojos miraban. Me dio tristeza no poder contagiar a cuanta mujer se cruzó en nuestro camino, no poder provocarles que las tripas se le revolvieran para que se unieran; pero, sobre todo, me entristeció no poder cambiar el semblante de  aquella joven que con su mirada me mostró la gran pelea que aún tenemos pendiente las mujeres: luchar contra nosotras mismas.

Quizá estaba preocupada por su bebé, que por unos momentos no dejó de llorar aunque su quejido fue apenas perceptible; quizá aborreció lo que no se permitiría hacer y nos envidió. Quizá todavía nos falta mucho camino por recorrer.

El trayecto pareció fugaz, tanto que el par de veces que el vagón se jaloneó y provocó que entre todas nos apretáramos se convirtió en risas cuando una mujer soltó de manera natural la frase: «Seguro es un machista quien va manejando».

Así, en los andenes del metro Hidalgo se unieron varios contingentes. Y nada tenía fin. La caminata a la salida para dirigirnos al Monumento a la Revolución, donde ya aguardaban muchos otros contingentes, fue lenta. Parecía que se quería que aquel día se quedara en la memoria de los pisos y las paredes de aquella estación del metro.

Algunas jóvenes pintaron con esténciles las consignas que ya llevaban cuatro horas acompañándonos: #VivasNosQueremos, #24A, #PrimaveraVioleta.

En la calle nos apoderamos de los cinco carriles de la calle Rosales. Extendimos las pancartas e intensificamos los gritos clamando justicia, respeto. Presencié cómo una mujer encaró a un hombre que ayudaba con una manta.

—¡Qué no entiende que no necesitamos que nos protejan! ¡Qué no ve que es una marcha de mujeres!—le gritó la mujer al hombre, luego que éste le dijo que él podía llevar la manta.

Yo había mirado al hombre caminar al lado de una mujer, instantes antes. Él llevaba entre sus brazos la manta, la custodiaba. Cuando arribaron a la calle, la extendió y le dio una esquina a la mujer que lo acompañaba.

Pensé que la mujer que lo había encarado había sido injusta, sobre todo cuando también encaró a otro hombre que igual llevaba una manta. Tal parecía que ella quería eliminar a cuanto hombre se atravesaba en su camino. Pero ahí fue donde la entendí. Por vez primera podíamos liderar nuestro espacio. A veces es tanto el hartazgo, la opresión y el acoso que no se encuentra otra forma de reaccionar, de encarar el derecho que también nos corresponde.

Creo que el hombre también entendió. No discutió ni dijo nada y caminó junto a la mujer que acompañaba. No dejó de gritar con ella.

«A las mujeres que se defienden respeto y admiración, no castigo».

Así, el Monumento a la Revolución nos recibió con el ruido de la organización. Todos los contingentes estaban delineando la ruta y turno de salida hacía el Ángel de la Independencia, donde culminaría la marcha. Todo se había intensificado y calmado a la vez.

«No estás sola», retumbaba en mis pensamientos.

Y  sólo podía sentir que entre los huecos que los cuerpos dejaban se resbalaba el susurro de aquel grito que todas enmudecimos al menos una vez; aquel silencio con el que enfrentamos el primer tocamiento, la primera insinuación, el primer insulto, el primer golpe.

Foto: Xochiketzalli Rosas

Foto: Xochiketzalli Rosas.

#MiPrimerAcoso
[María Antonieta Barragán]

Cuando hace días me solicitaron que diera mi testimonio de ‪#‎MiPrimerAcoso‬, Vivas nos queremos #24A Mx, me pregunté cuál de todos. ¿El familiar, el del vecino, el del conductor parado en un semáforo que te atraviesa con la mirada, el del mesero, el de los amigos que también se creen con esa licencia, el de los policías, el del taxista que te hace plática pero se te insinúa, el del compañero de viaje –que ni conoces- pero de repente pone su mano en tu pierna, el del grupito en la acera y que esperas pasar rápido para no sentirte incómoda?

He estado leyendo a mis contactas narrar su Primer Acoso y estoy segura que eligieron los light, los más suaves, los tenues, los que por supuesto las agraviaron, pero hay más, los fuertes, los definitivos, los que te dejan jodida, los que no paras de preguntarte por qué fregados ocurre esto.

Yo he vivido acosos tremendos [pocos pero sustanciales] y acosos «normales». Tuve que desarrollar tácticas emocionales y estrategias de sobrevivencia para que no me afectaran, para no quedarme inmovilizada, para poder salir a la calle y no tener miedo. Lo logré, claro que lo logré, pero tuve que sacrificar algunas cosas.

Sin embargo, hay un acoso que fue definitivo y que me hizo poner todas las alertas.

Yo tendría unos 22 años y un grupo de amigas fuimos a una fiesta que organizaban estudiantes de Chapingo. Era una casa que estaba en las afueras de la Ciudad de México, tipo hacienda, con alberca y toda la cosa. Todo transcurrió muy bien, comimos, bebimos, platicamos, bailamos, y por supuesto, ligamos.

Yo me puse a platicar y a bailar con un hombre alto, guapo, simpático. Toda la tarde hasta la noche marchó con naturalidad, pero llegó la hora de regresar. Había un área de vestidores y regaderas, habíamos estado nadando y decidí darme un baño antes de volver a mi casa. El joven me acompañó y se quedó afuera en lo que yo me daba un regaderazo. Cuando estaba secándome vi que entró y pensé que algo había pasado pero no, se me acercó para besarme, y le dije que se saliera, tampoco era un rollo de rechazar los besos, el hombre me gustaba, pero me pareció más correcto que se retirara y me siguiera esperando afuera.

Hagan de cuenta que entendió: «¡Quédate, ándale, quédate y sigamos!». De repente estaba luchando contra él, no podía dar crédito, no me lo podía quitar de encima, me aventó a una especie de cama de masajes y aquello fue una pelea terrible. Lo arañé, lo intenté morder, y cuando menos me imaginé yo estaba gritando como loca, sí como de película, y es cuando él reaccionó, y me dijo: «Ya, cálmate, cálmate, pensé que tú también querías». Me quedé anonadada: ¡Cómo voy a querer si te estoy casi arañando y diciéndote que te detengas!.

Salió de los vestidores y yo en estado de miedísimo. Finalmente me armé de valor, sentí culpabilidad y miedo.

¡SÍ, C U L P A B I L I D A D! Cómo era posible que ese sentimiento predominara en mi estado de ánimo junto con el miedo. A partir de ese día, tomé decisiones. Activé mi estado de alerta.

Una gran mayoría de hombres mexicanos, y digo los hombres mexicanos porque ese ha sido mi entorno, no están preparados para respetar a las mujeres. Y no es un asunto de niveles socioeconómicos y culturales, lo he visto en todos los ámbitos.

Dicen que somos las locas, las exageradas, las feminazi, las protagónicas, las quejosas, las que «no aguantan nada». Que sigan diciendo, sabemos lo que pasa en las casas, en las calles y en los centros de trabajo.

Tengo una hija y vivo pendiente de su entorno. Se viste como quiere y se mueve por donde quiere, porque no ha querido ceder a su estilo de vida. Pero tiene que tomar muchas precauciones, tener activadas muchas alarmas, pensar en sus movimientos. Van y vienen las generaciones de mujeres, y el acoso sigue.

Le platiqué a la Tencha, mi mamá que tiene 94 años, de la marcha y se alegró. Me contó algunas historias de acoso de sus jefes cuando era joven y otros momentos. Me dijo que si pudiera también iba a la marcha a manifestarse.

Mi hija y yo lo haremos por ella, y por mis alumnas, mis amigas jóvenes, y porque quiero.

Foto: Lizbeth Hernández.

Foto: Lizbeth Hernández.

Cuando se desdibujan las fronteras
[Pável Martínez Gaona]

«Vivas nos queremos», «Verga violadora, a la licuadora», y «No quiero tus piropos» fueron algunos de los mensajes que leí esta tarde durante la manifestación del #24A. Si es cuestión de ser honesto, hasta hace unas horas me encontraba realmente animado por formar parte de un movimiento para ponerle un hasta aquí a las violencias machistas que tanto han herido —y siguen hiriendo— a nuestro país.

Todo era miel sobre hojuelas hasta que un amigo me pasó un link, con un escrito que me pinchó el globo: palabras más, palabras menos, el texto que leí decía grosso modo que si éramos hombres, nos abstuviésemos de asistir, porque este movimiento era por y para las mujeres. Esas palabras me calaron hondo, no sólo porque ya estaba emocionado, sino porque yo, como hombre homosexual, me he sentido también personalmente afectado por las violencias machistas durante mis más de treinta años de vida.

Y sin embargo, decidí acudir, ya no como manifestante sino como el periodista que soy. Me colgué al cuello el gafete que me acredita como parte del gremio. Hasta la gorra con el nombre de la revista para la que trabajo me puse, por si las feministas radicales decidían sacarme a patadas del lugar.

Al llegar al monumento a la Revolución, me sentí ridículo: no había nada qué temer. El ambiente era el de una verbena. Había coraje y enojo, sí, pero es que no se puede hablar de la violencia, el acoso o el feminicidio con la sonrisa a flor de labios. Pero también había en el aire un ambiente de esperanza y de liberación, un ansia de ponerle un hasta aquí a las llagas y a quienes las provocan.

Los primeros contingentes, sólo de mujeres, comenzaron a marchar. Detrás de ellos, los grupos mixtos. Batucadas, porras, consignas cargadas de la fuerza del hartazgo, pero también inyectadas de fe en el futuro. Más adelante, la petición de las organizadores de que sólo mujeres se mantuvieran a la vanguardia, se diluyó. Y no porque los hombres quisiéramos protagonizar o robar cámara, sino porque  queríamos caminar lado a lado, construyendo el país que en conjunto anhelamos.

Al llegar al Ángel todo era una fiesta. Carritos con raspados y chamoyadas, familias enteras, mujeres y hombres abrazándose y con un brillo especial en los ojos. Ni el calor fulminante fue capaz de avasallar las miles de voces que se dieron cita y que culminaron su travesía en las escalinatas que ofrecían un merecido descanso.

Hoy más que nunca, el Ángel le hizo honor a su verdadero nombre: la Victoria Alada. Hoy más que nunca, las fronteras se desdibujaron y fuimos un solo corazón latiendo al unísono, al ritmo de batucada y de la consigna, de la rebeldía y de la esperanza. Hoy la Ciudad de México se pintó de violeta y no por las hermosas jacarandas que nos regala la primavera, sino por las ideas y la camaradería. Hoy, como diría Benedetti: en la calle, codo a codo, fuimos mucho más que dos.

Foto: Lizbeth Hernández.

Foto: Lizbeth Hernández.

#MiPrimerAcoso
[Larissa Gil]

#‎MiPrimerAcoso‬ fue a los 10 años en casa de los vecinitos con quienes solíamos jugar. Ellos tenían un hermano mayor, de 18 o 20 años, a quien también le gustaba «jugar» con nosotros, pero su dinámica era distinta, era invasiva y nada divertida. Él prefería tener un rol de poder con el que pudiera controlar el juego, para ello siempre necesitaba un rehén, que por lo regular eran las niñas. A mí no me gustaba ese papel porque significaba que el tipo me abrazaría, tocaría mis inexistentes senos y acercaría demasiado su cuerpo al mío, mientras me inmovilizaba. Nadie decía nada porque era un «juego»; además, los rehenes no podían hacer nada, ni protestar ni quejarse ni huir porque si no perdían o hacían enojar al miserable aquel.

[Ruth Muñiz]

‪#‎MiPrimerAcoso‬, porque desgraciadamente en este país muchas lo hemos padecido, fue a los 11. Regresaba de la primaria sola, lo que era raro pues alguien siempre iba por mi. En la calle donde vivía, a unos 50 metros de mi casa, un hombre que trabajaba en una construcción se me acercó. Fue amable. Me preguntó mi nombre y se lo dije. No sé por qué si me dio miedo. Creo que por eso fue. Me sentí acorralada aun con mi casa a unos metros. Me dijo si me podía dar la mano y la tomó. Me congelé y no dije nada. Luego me dijo que si podía darme un beso en la mejilla. Me dio pánico, le dije que se fuera, me apretó más la mano pero me zafé y corrí. No pasó nada más pero tardé años en no sentirme nerviosa cuando pasaba frente a una construcción. Nunca se lo conté a nadie pero quizá desde ahí comencé a sentir el impulso de alzar la voz con todas las herramientas a mi alcance, para exigir que ‪#‎NiUnaMenos‬ ‪#‎VivasNosQueremos‬ ‪#‎LaViolenciaNoEsNormal‬ ‪#‎NoTeCalles

Foto: Lizbeth Hernández.

Foto: Lizbeth Hernández.

Frente a los gritos el silencio
[Samuel Segura]

La mujer mayor se levantó del lugar que un joven le había cedido momentos antes para que la chica embarazada que acababa de subir pudiera sentarse. En el asiento detrás de ése había un hombre y, frente a él, también de pie agarrada del tubo, otra mujer mayor. El hombre miraba por la ventana y nadie le dijo nada para que se levantara. ¿Cuántos meses llevas?, preguntó a la joven la señora que cedió su lugar. Cinco, respondió la chica, alegre. Siguió el diálogo: ¿Y es niño o niña? Todavía no sé, no se deja ver. Ambas se sonrieron. Me pregunté si esas mujeres que iban en el trolebús tendrían idea de que no muy lejos de allí, sobre Reforma, miles de mujeres más marchaban en contra de la violencia normalizada, cotidiana, contra ellas. Pero permanecí en silencio como me mantuve desde horas antes, cuando frente al Palacio Municipal de Ecatepec comenzaron a reunirse cientos de personas para protestar: contra la violencia machista, feminicida, que hoy se ha hecho mucho más visible y que impera en todo el país. Desde ahí me abstuve de hacer preguntas y preferí observar. No a modo de luto, pues no lo pensé así, sino a sabiendas de que las historias detrás de cada una de esas mujeres eran, en muchos casos, inenarrables. Aterradoras. Las anécdotas que por el #MiPrimerAcoso habían brotado desde el día anterior simplemente me hicieron pensar que aquello no era ni de lejos lo peor: sé de primera mano historias que han hecho mella hasta el día de hoy en mi alma trastornada. Yo mismo he sido víctima, cómplice y victimario. He jugado todos los papeles y no me enorgullezco. Al contrario, debo decirlo: hoy tuve vergüenza y sobre todo miedo. Seguro el miedo que ellas sienten a cada rato: una mujer con el rostro cubierto por una pañoleta me dijo con un gesto negativo, furioso, en el metro Hidalgo, que no le tomara una foto. Con el mismo lenguaje visual le dije que no la tomaría. No estaba allí para molestarla, ni a ella ni a ninguna, sino para documentar, pero insisto en que haber dicho cualquier palabra me habría vuelto en su contra. Eso sentí como, lo sé, ellas sienten a cada rato. Vaya, la violencia tiene muchos lenguajes, como los tiene el acoso, como los tiene el miedo: no siempre son necesarias las palabras. En fin que ahí estábamos en Ecatepec las dos mujeres de la Kaja, Liz, Ketz, y yo. Ese sitio donde pasé gran parte de mi vida y que hoy no me sorprende que sea de los más violentos del país. Ni me alegra. También me atemoriza. Ahí crecí entre mujeres, con quienes viví esa vulnerabilidad cotidiana: desde que me gritaran «cuñado» en la calle hasta experimentar una embarrada de verga de un hombre en el transporte público a una de mis hermanas. Cada una de esas vivencias eran la impotencia en carne viva. Me ponían muy mal. Sacaban mi lado más agresivo pa querer romper madres. Porque sí, viví entre mujeres, pero también con ellas crecí entre violencia. Esa característica inherente a los seres humanos, al parecer, sean del sexo que sean. Y es hasta estos días que lo veo mejor: cada una de esas mujeres de mi familia también sufrió alguna atrocidad y tienen alguna historia terrible en sus recuerdos. Me contaron algunas, no todas. ¿Eso justifica aquella violencia que vivimos en casa? Lo dudo. Pero lo más cabrón es pensar que cada mujer en este país tiene una historia de ésas. Sé que todo eso ahora juega en mí para que hoy esboce estas líneas inciertas. Hace un rato me llamó mi madre. Yo iba despertando después de haber dormido tras pensar mucho tiempo en esto de la marcha. Me dijo que vio a los contingentes en los camiones, cuando ya se iban de ahí. Que se dio una vuelta con mi tía a la explanada. Que les levantó el dedo gordo en señal de apoyo. Le dije que no la vi, que para entonces ya estábamos en Indios Verdes, el punto dos del itinerario, esperando el arribo del contingente para tomar más fotos de las consignas, de las pancartas; de los mensajes en brazos, cuellos, espaldas. De sus rostros. Así lo hicimos: recogimos más imágenes tras esperar un buen rato bajo el sol, y luego las cosas viraron y el metro fue tomado por todas ellas y quienes las retratábamos. Cambiaron al metrobús como el punto tres del itinerario por los vagones naranja. Ahí la gente, desde luego, se vio sorprendida por el cántico tribal [como el de los indios en las películas de vaqueros] que reinó en los andenes. Se vieron sorprendidos por las pintas y por los gritos de voces femeninas. Los polis, tan temidos, esta vez tomaban fotos y algunos sonreían. Ya dentro de un vagón la realidad se impuso nuevamente. Cruda. Un par de mujeres, acompañadas por un hombre, sentados los tres en aquellos asientos verdes, miraban con desaprobación a las que vestían de morado y exigían respeto, justicia o clamaban echar abajo el patriarcado. Una de las dos mujeres sentadas llevaba a un niño en brazos. Se miraban entre ellas y desaprobaban. Hacían caras de fuchi. Movían las piernas, desesperadas. No fueron necesarias, nuevamente, las palabras. La otra mujer, la que no llevaba al niño, de pronto lo tomó entre sus brazos y comenzó a amamantarlo. Las mujeres de morado y negro no callaron pese al breve llanto del niño: aquello fue una guerra de simbolismos que nunca me hubiera imaginado. De pronto, entre el calor que ya se había acumulado ahí dentro, llegamos a la estación Hidalgo. Las mujeres y el hombre hicieron un breve gesto de alivio. Salió el tropel arrollando todo. Allí en el andén hubo más consignas, más pintas, más fotos [y se suscitó lo de la que conté arriba]. Un viejo se preguntó en voz no muy alta: en vez de destruir pónganse a estudiar. El contingente avanzó y salió a las calles. Las tomaron. El sol seguía deslumbrando el asfalto tras varios días de no haberlo hecho. Para ese tramo, por el Caballito, frente a Bucareli, ya agentes de tránsito comenzaban a cerrar la circulación. En el Monumento a la Revolución esperaban miles de mujeres, y hombres, niñas y niños, para marchar al Ángel. Apenas tomé unas cuantas fotos más y regresé a casa en el trole. No fui capaz de quitarme de encima la mirada enfurecida bajo el rostro cubierto de aquella mujer.

Foto: Xochiketzalli Rosas.

Foto: Xochiketzalli Rosas.

#MiPrimerAcoso
[Tania del Río]

#Miprimeracoso. La primera vez que supe que tenía que cuidarme de los hombres fue cuando mi mamá le gritó a un tipo en el transporte público porque se le iba arrimando a una niña. Yo tenía como 10 años y no entendía qué estaba pasando, pero por el semblante de mi mamá supe que eso no era correcto y no había por qué dejarse.

Sin embargo, a los 18, aprovechando el tumulto en un vagón del metro, hubo quien metió su mano a mi pantalón, y por más que intentaba moverme, seguía sintiendo sus dedos entre mi piel y la tela. La masa de gente se reacomodó en la siguiente estación y yo pude soltarme.

A los 23, un tipo intentó besarme en la calle, cuando me quité me llamó puta. Además de la rabia, no entendía por qué no dejarme acosar me hacía acreedora a esa palabra. Nunca había sentido tantas ganas de golpear a alguien.  

Ese mismo año, sentada en el transporte hacia el trabajo, el señor que iba al lado de mí se recorría cada vez más para tocar mi pierna con su brazo. Cada vez que yo me quitaba, él se me acercaba más, hasta que no hubo más espacio. Su chamarra cubría su entrepierna y empecé a sospechar que se estaba masturbando. No sabía si eso sólo estaba en mi cabeza. Hasta que me dije, «no merezco esto». Le exigí que me dejara pasar y me solté del aprisionamiento, me vio las nalgas y yo le devolví un insulto.

A los 25, caminado hacia el trabajo, un camión repartidor bajó la velocidad al lado de mí. Al principio pensé que estaba buscando un número, después me percaté que me estaba siguiendo. Acostumbrada a no quedarme callada, maquiné lo que les iba a decir, pero algo me hizo no hacerlo. Valoré la situación: era una calle de una zona muy acaudalada, sí, pero no había ni un alma. Eran dos y yo una. Me tragué mis insultos y me limité a verlos con desprecio.

Esos son sólo cinco casos que yo he vivido, pero a diario si no son miradas, son palabras o sonidos. Todas esas veces, excepto la del beso, me pregunté si yo estaba siendo
paranoica, si lo que estaba sucediendo era producto de mi cabeza; llegué a sentir pena de defenderme, pero hoy ya no. Porque #noesnormal y porque #noexagero.

[Diana Violeta Solares Pineda]

El día de hoy he leído numerosos testimonios de mujeres sobre el acoso sexual, y tengo la impresión de que en la mayoría de esos testimonios quien agrede es un desconocido. Pero, ¿qué pasa cuando el agresor o la agresora [por supuesto que también las hay] es alguien que conoces?, ¿qué pasa cuando es una persona en la que se supone tienes confianza?, ¿cómo reaccionas, cómo denuncias?

Lamentablemente tengo más de una experiencia de ese tipo. Cuando la agresión viene de alguien conocido se añaden otras emociones, dudas, dolores, rabias… Aparece, por ejemplo, esa pregunta que desde dentro nos señala acusadoramente: «¿Qué mensajes le di?, ¿qué hice para que reaccionara de esa manera?».

Entre esas dolorosas experiencias comparto ésta: no siempre he sido atea; alguna vez fui creyente y practiqué la religión católica. En esos lejanos días depositaba mi confianza en el sacerdote de mi pueblo. El padre Armando [no recuerdo su apellido] era uno de los personajes más reconocidos, o temidos, u odiados de ese pueblo xochimilca. Con él no cabían los puntos medios.

Yo lo miraba con la ingenuidad de una chava que se hacía preguntas sobre Dios, sobre la vida, la muerte, el prójimo, la fe, en fin… Cuando me dijo que me confesaría en su auto y no en el confesionario de la iglesia, dudé. Pero una voz interna me dijo que era un hombre sabio, «un hombre de Dios». Y entonces acepté entrar a su auto, estacionado frente a la iglesia, frente a la plaza del pueblo, aparentemente a la vista de todo mundo.

No me acuerdo en lo más mínimo qué «pecado» pude haberle confesado [¿a mis 16 o 17 años?, caray]. Lo que sí puedo recordar con una precisión que me deja helada es cómo sus ojos se clavaban sobre mi blusa, sobre mi busto. No me tocó, no dijo ninguna palabra o hizo algún gesto que llevara más allá esa situación, pero sé que mi cuerpo temblaba. Sé que sus pupilas fueron alfileres ensartándose en un cuerpo que aún lidiaba con la adolescencia. Sé que otra voz gritaba desde dentro diciendo «¡No está bien! ¡Sal del auto!» y sé que eso me llevó a inventar cualquier frase para finalmente abrir la puerta y bajar del coche.

Lloviznaba. Eso también lo recuerdo. El frío, la llovizna y el miedo me hicieron casi correr hasta casa. Y no, no le dije a nadie. ¿Qué iba a decir?, ¿que el sacerdote me había confesado en su auto, que no me había tocado ni nada pero que sus ojos me habían desgarrado? Estuve lidiando con mis miedos, con mis preguntas e inseguridades por mucho tiempo.

Poco después el famoso padre Armando dejó la iglesia, lo transfirieron a no sé qué otra parroquia luego de que fue imposible controlar ese rumor que invadía el mercado y las calles sobre el «inexplicable» embarazo de la secretaria de la iglesia. Y claro, más de un dedo acusador se levantó para señalar a la secretaria y juzgarla por sus «cascos ligeros» y por su «poca fe».

La mayoría de esas voces acusadoras eran femeninas, cabe decir.

Foto: Lizbeth Hernández.

Foto: Lizbeth Hernández.

Pese a todo, sonreír
[Lizbeth Hernández]

Una mujer que lleva puestas unas botas de plástico con detalles rosas está parada sobre un pequeño montón de cenizas. Sonríe. El ruido de la multitud se ha diluído. La explanada y las escaleras de la Victoria Alada se despejan. En el lugar queda el eco del grito que como nunca se replicó en miles de gargantas: «¡Vivas nos queremos!». En este punto, en el que la mujer de las botas de detalles rosas está parada, se quemó simbólicamente un muñeco [piñata] de un violador al ritmo que marcó la batucada lesbofeminista. También en este punto pasaron distintas mujeres portando pancartas para extender sus reclamos: «No más acoso en las calles», «No necesito que me protejas, quiero que me respetes», «La cantidad de ropa que uso NO determina la cantidad de respeto que merezco». Lo brutal: «¡Nos están matando!». Mientras me alejaba del lugar pensé en esas cenizas sobre las que la mujer que sonreía estaba parada, en cómo empezaron a esparcirse [más allá del acto simbólico que le antecedió, el cual puede generar distintas reacciones]. Pensaba en este día, el día en que muchas mujeres decidieron [decidimos] salir a las calles, tomarlas, decir: basta de estas violencias. Que sean esas violencias las que sean reducidas [casi] como cenizas, y no nuestros cuerpos, solté mientras caminaba sobre Reforma y miraba las huellas de la marcha cuyo punto de arranque fue Ecatepec: pintas, algunos carteles, personas que conversaban sobre lo que habían visto, escuchado. Las violencias contra las mujeres están en el foco público desde hace más de un mes como no había pasado. En esa transición hacia lo cotidiano de la tarde de un domingo me invadieron imágenes y sensaciones. Unas horas antes había leído experiencias de #MiPrimerAcoso en Twitter. Miles de mujeres habíamos dado el paso: compartimos nuestras historias tras la convocatoria que lanzó (e)stereotipas. Concilié el sueño con emociones encontradas, sacudida tras leer los testimonios, tras evocar los distintos acosos que he vivido y tras escribir cómo participaría en la marcha de este #24A: Haciendo mi trabajo pero con una consigna explícita: Vivas, libres y sin miedo nos quiero. Una consigna que reafirmé cuando conversaba con Ketz [mi colega en la Kaja] sobre #MiPrimerAcoso y veía las calles de Ecatepec. Cuando miré a los contingentes agruparse frente al Palacio Municipal en el que hoy también había cruces rosas, como hace un par de semanas cuando se protestó por los más de seiscientos asesinatos de mujeres registrados en ese municipio. Así lo sentí cuando la caravana llegó a Indios Verdes y las banderitas y playeras moradas se empezaron a mezclar entre las lonas y las combis del paradero hasta llegar a la entrada del metrobús y luego al metro. Había valentía contagiada en muchos de los rostros de las mujeres que iban ahí gritando frente a choferes, transeúntes, pasajeros. Algunas incluso hicieron pequeños performance para mostrar que estas violencias nos están estallando en la cara. Que los feminicidios no son sólo números que se citan en notas periodísticas. Y esto estaba ocurriendo en el metro, uno de los lugares en los que tantas mujeres hemos sido acosadas. Ocurría al mismo tiempo que la rutina en la Línea 3. Los rostros curiosos, críticos o indiferentes se mezclaban con los que gritaban o cantaban. ¿Qué sigue tras esta jornada de protestas? Daba vueltas a la pregunta mientras en el Monumento a la Revolución, mujeres de distintos lugares, que defienden distintas luchas o que no se habían manifestado nunca, se agrupaban en distintos contingentes. ¿Finalmente lograremos que tanta violencia cueste caro a perpetradores, a funcionarios indolentes, corruptos? Me reiteré la pregunta mientras se daba la bienvenida formal a la caravana que salió de Ecatepec. Seguían los gritos: «Ni una más, ni una más, ni una asesinada más». La marcha inició. Y, debo decirlo, me emocioné al ver mujeres codo a codo manifestando su rechazo a las violencias machistas. Abriéndose paso. No había ocurrido así, de hecho se confirmó que la marcha de este #24A era histórica por ser la más concurrida. [Si acaso un referente cercano es la Marcha de las putas que se realizó en 2011, pues a la del 8 de marzo pasado se sumaron apenas algunos contingentes]. Desde Revolución se insistió: «esta lucha es de las mujeres, vamos al frente. Los hombres que quieran apoyar van en los contingentes mixtos». Y eso llevó a las organizadoras a intentar mantener cierto orden en la vanguardia de la marcha en la que caminaban representantes de las distintas organizaciones participantes. La batalla por despejar el camino para avanzar se prolongó igual que pasó con la polémica sobre si las convocantes a la manifestación estaban siendo muy radicales al exigir que los hombres no buscaran protagonismo en esta protesta. No expresé nada. Aunque sí observé los rostros de extrañamiento de hombres a los que se les pedía integrarse en contingentes que les correspondían o moverse a los costados [incluidos fotorreporteros]. El extrañamiento quizá es algo que hoy experimentaron muchos hombres que marcharon. Aunque si leen lo compartido en #MiPrimerAcoso quizá podrían pensar distinto este criterio en la marcha. El espacio público no lo viven o padecen igual que nosotras, tampoco han tenido que exigir que se abra a ellos del mismo modo. Reencontrarnos con las calles, sentirnos seguras, acompañadas, valientes no es algo que pase habitualmente en esta ciudad, en este país y hoy hubo parte de eso. La marcha parecía no tener fin. Familias. Mujeres que danzaban. Baile. Gritos. Carriolas. Parejas tomadas de las manos. Amigos cómplices. Más y más pancartas. Pechos desnudos con mensajes escritos: «Mi cuerpo es mío». Incluso manifestaciones de diferencias, como cuando un grupo de personas dejó pintas en la banqueta del Senado, y otras les pidieron no vandalizar; mientras que otras voces replicaron: «déjenlas, no están dañando a nadie y esos que se juntan ahí nos ignoran siempre». Tantos cuerpos cargando distintos contextos e ideas sobre cómo debe ser esta lucha caminando en una avenida. Al final más gritos. Emoción por ver a miles de personas llegar a la Victoria Alada. La catarsis. Otro paso se dio este domingo para buscar, según se expresó en un pronunciamiento leído a coro al final de la jornada, que se ponga fin al favoritismo judicial hacia los hombres en procesos penales, que haya capacitación en materia de violencia de género en instituciones públicas y se creen mecanismos para combatir al machismo en el país. No parece algo sencillo o accesible en lo inmediato, pero hoy se le plantó cara. Y eso permite sonreír, como la mujer de las botas de detalles rosas que se paró sobre cenizas en la Victoria Alada.



Redacción Kaja Negra
Redacción Kaja Negra
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22 Apr, 2016