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Yo por eso no cobro

13 Nov, 2015 Etiquetas: , ,

A Dominga le habría gustado la idea de ponerse diario zapatillas, faldas y blusas tan lindas como las que usaban las muchachas del María Bonita, pero con una vez que lo hizo le bastó para confirmar que le gustaba más platicar sobre ese querer que desde niña tuvo: el olor de los hombres.

TEXTO: DIANA VIOLETA SOLARES PINEDA / ILUSTRACIONES: JIMENA RIVERA

“En una cosa, en una sola cosa mi madre tuvo razón, y fue cuando me dijo: acuérdate Dominga, el agua siempre busca su nivel. Y es cierto, porque el mío es bajísimo…” Todavía no terminaba de contarle al fulano cómo había sido el día en que mi madre me corrió de la casa, cuando el tipo echó unos billetes en la mesa, se levantó y se fue sin mirarme siquiera. Se veía fastidiado, como si esos pocos minutos que yo llevaba haciéndole compañía hubieran sido años.

“Ya ni la amuelas Dominga –me dijo doña Chave–, se trata de que el cliente hable, no tú. Él es el que debe sentirse a gusto, tú nomás debes sonreír y decirle salú a cada rato pa’ que siga bebiendo… Ora, regrésate a tus trastes”. Y pues ya, ése fue el primero y último día en que me dejaron salir de la cocina para probarme con los clientes, para ver si podía trabajar como dama de compañía en el María Bonita.

Dominga Bar

Ese bar ha sido mi único trabajo desde que llegué a la ciudad, hace cinco años. Yo misma me presenté con doña Chave diciéndole que era muy entrona para el trabajo. También le dije que era muy honrada y derecha, pero que no me pusiera a hacer nada que tuviera que ver con las cuentas porque con eso me atarantaba, no por mala fe, sino porque a mí los números no se me dan. Doña Chave me miró de arriba abajo y me mandó a lavar trastes a la cocina, pero un día se le ocurrió que a la mejor podía hacer otro tipo de trabajo; según ella, yo tenía un buen cuadril que podría atraer a los clientes, “no le hace aunque que estés fea”, me dijo, “tú nomás ponte la falda apretada y ponte muy coqueta”.

Lo que nunca me dijo es que no debía hablar, de haberlo sabido yo misma le hubiera dicho que le agradecía la oportunidad, pero que así no, pues a mí lo que me gusta es platicar y en la cocina las muchachas platican bien rico. No importa que ahí el trabajo sea más duro, que termine con las manos hinchadas y rasposas por tanto detergente, ni que mi cabello huela a manteca y aceite quemado.  

Claro que me había gustado la idea de ponerme las zapatillas, las faldas y blusas tan lindas que usan las del María Bonita, y ponerme unos aretes largos y un montón de pulseras, de ésas doradas y delgaditas que suenan apenas mueves tantito la mano. Desde chamaca me gustó ser presumida, cuando tenía como ocho años agarraba las pinturas de mi mamá y me ponía los labios rojos, los párpados azules y las mejillas coloradas. “Pareces payaso”, me decía mi madre, pero luego, cuando ya tenía como dieciocho, me decía “pareces puta”.

Dominga labios rojos

Ese día que estuve a prueba fuera de la cocina, mientras las muchachas me ayudaban con el maquillaje y el peinado, llegué a preguntarme qué diría mi mamá si alguien le fuera con el chisme allá en el pueblo. Seguro me diría otra vez puta y yo tendría que haber gastado un montón de saliva para explicarle que nomás se trataba de hacer sentir bien al cliente, de bailar si quería hacerlo, que me agarrara la mano, tantito la rodilla, algún coqueteo pues, que lo importante es que consumiera muchos tragos. De todos modos, por más que le explicara no va a entender que no soy puta porque a ningún hombre, jamás, le he cobrado.

Además, mi madre de alguna manera hizo que me desviara del camino, porque yo quería ser modista pero ella no me dejó ni siquiera terminar la primaria. Lueguito de que mi padre nos abandonó, mi mamá me sacó de la escuela, “esta niña no tiene cabeza para estudiar, dos veces seguidas que reprueba cuarto”. Sí es cierto que era medio bruta para la escuela, pero también es cierto que mi mamá la agarraba en contra de mí cada vez que mi papá llegaba borracho o cada vez que le daba una tunda. Y ahora que la había abandonado, pues otra vez se desquitó conmigo.

“Mándala mejor con las Valladares, que le enseñen a rezar el rosario, así sirve que se gana unos pesos cada que haya difunto, y en este pueblo hay a cada rato”, le dijo mi abuela a mi madre. Cómo iba a saber que el primer rosario con el que me estrenaría iba a ser precisamente el de mi abuela, quien murió medio año después de que me mandó con las Valladares; lo peor del asunto es que no me pagaron nada, nomás me gané una bofetada cuando me acerqué a mi madre a pedirle mi dinero cuando estaban echando las primeras paladas de tierra sobre la abuela.

Por esas cosas sí cobraba, total, el muerto ya no iba a resucitar y los vivos se quitaban sus culpas rezando. Pero por estar con un hombre, jamás. Yo creo que eso ya lo traía desde niña, y no me refiero a la rezada, sino a querer saber a qué diablos huelen los hombres, qué piensan, de qué hablan entre ellos. Desde la primaria, a la hora del recreo, me les quedaba mirando desde una esquina del patio cuando jugaban futbol mientras yo me comía mi torta. Me gustaba oírlos decir palabrotas, ver sus tosquedades, aunque no duraba mucho porque tarde que temprano me golpeaban con su balón, quesque por accidente, o empezaban a gritarme “¡Dominga teporinga!”, que por mi cara de coneja. Y entonces yo me iba a comer mi torta a otro lado, pero se me quedaban en la cabeza sus caras alegres, sus piernas rápidas, sus risas y la pregunta dándome vueltas: ¿a qué huelen?

“Pues a sudor y a mugre”, me dijo un día mi prima Margarita, “¿a qué más van a oler? ¡Apestan!” Pero no, yo no me refería a eso, sino a los otros olores escondidos detrás de las orejas, en el pecho, en la espalda, entre los dedos. Me acuerdo del Raymundo, en la escuela nadie quería sentarse cerca de él porque decían que apestaba a caca. En parte tenían razón, porque su familia tenía vacas y él siempre llegaba con los zapatos embarrados, pues antes de ir a la escuela se iba al establo a ordeñar. Eso lo sé porque era yo quien recibía la leche cuando él la entregaba tempranito en mi casa. Raymundo olía a leche tibia, a alfalfa fresca, eso también lo sé porque yo sí me sentaba junto a él, no porque lo haya querido, sino porque la maestra nos ponía en la misma fila, en la de los burros.

Dominga Rosario

Él sí termino la primaria, pero hasta ahí llegó nomás. Yo lo seguía viendo todas las mañanas cuando iba a entregarnos la leche. Un día que me animo y que le pido que me llevara a ver cómo ordeñaba, y que me dice que sí. Vi cómo le agarraba las chichis a la vaca y cómo se las iba exprimiendo, suave y firme al mismo tiempo. Quién sabe por qué, pero algo sentí que me hizo plantarle un beso. Y desde entonces nos veíamos todos los días a escondidas en su establo, hasta que mi mamá me cachó, se dio cuenta adónde iba porque a ella también los olores le llegan muy clarito. Me dio una paliza que todavía me duele nomás de acordarme.

Luego, cuando ya andaba por los dieciséis conocí a Manuel, que trabajaba en la maderería, y luego a Florentino, que era ayudante en el taller mecánico, y a Edgar, que acarreaba mezcla con los albañiles. Bueno, tal vez no fue en ese orden, o a lo mejor fueron los tres al mismo tiempo, qué importa. Mi mamá decía que nomás me gustaban los mugrosos, siempre los veía embarrados de algo, de mezcla, de aceite o con aserrín en los cabellos. Lo que yo miraba, o más bien, lo que yo sentía era otra cosa: el olor de la madera o de la tierra mezclado con agua, el yeso fresco en las manos rasposas… Se me pone chinita la piel nomás de acordarme.

Yo creo que mi mamá se esperó a que cumpliera los dieciocho para librarse de mí definitivamente, tal vez porque ya no aguantaba la vergüenza de que en el pueblo se hablara de su hija hasta en la misa de los domingos; no decían mi nombre, pero como a cada rato el cura pedía por las muchachas del pueblo que cada día se alejaban más de la Santa Madre Iglesia siguiendo el llamado de la carne… “Me arde la cara de vergüenza”, me decía mi madre al tiempo que me atizaba bofetadas, “¿No será más bien la mano la que le arde?”, le decía yo envalentonada, y entonces cambió sus manos por las varas de pirul, que ponía a remojar en una cubeta para poderme pegar más recio.

El día que Margarita me vio en la parada del camión con dos bolsas de plástico en las que llevaba mi ropa, entendió lo que había pasado. Y entonces me dio una dirección que estaba a tres horas de mi pueblo: “es la casa de una señora, ayúdale con el quehacer para que te deje dormir en el cuarto de los tiliches”. No me acuerdo en cuántos sitios trabajé desde ese momento, pero conocí varios pueblos y tuve un montón de patronas antes de llegar al María Bonita. Tampoco me acuerdo con cuántos hombres he estado, no creo que hayan sido demasiados, ¿para qué contarlos? Las mujeres que los cuentan lo hacen nomás por fanfarronear; además, ni me acuerdo de todos… Bueno, del Fermín sí, olía al barro de ese pueblo pegado a un cerro; también del Salomón, que tenía un sabor salado, yo creo porque era pescador.

Dominga Pesos

Los hombres que vienen al María Bonita sólo huelen a loción, de ésas que te pican la nariz o que te cierran los pulmones. Y también huelen a alcohol.

Tal vez doña Chave y yo salimos ganando cuando me regresó a la cocina, porque en todo el día que estuve atendiendo a los clientes en sus mesas, no conocí a ninguno que me pusiera la piel chinita. Y para acabarla de amolar no les gusta platicar o, más bien, no les gusta escucharme. Se la pasan echando monedas a la máquina para oír sus canciones a todo volumen, a mí nomás me aturden; o se empinan los vasos uno tras otro sin darse tiempo para disfrutar su trago. Para eso mejor me quedo en la cocina platicando con las muchachas: a ellas sí les gusta que les cuente de los lugares y los hombres que he conocido, aunque luego me hacen burla, me dicen que cómo fui tan mensa, “¿a poco nunca le cobraste a ninguno de los fulanos con los que estuviste?, ¿ni siquiera les pediste un regalito?” Yo nomás me río y les sigo la corriente, me darían más carrilla si me pongo a explicarles mis razones.

Lo malo de la lavada de trastes en la cocina es que nomás huele a grasa, a detergente y cloro. El único remedio que me queda es cerrar los ojos a ratos mientras friego sartenes y ollas, y entonces, poco a poquito, me llega el olor de la madera, de la alfalfa; me imagino unas manos y a veces, muy de vez en cuando, me acuerdo de unos ojos que me miran.



Diana Violeta Solares Pineda
Diana Violeta Solares Pineda
Nació en Xochimilco, Distrito Federal, en 1970. Ha publicado cuentos en las revistas Molino de Letras, Sapiencia (UAM Azcapotzalco), y en el periódico El Financiero. Asimismo ha participado con cuentos y/o relatos en las antologías: Alguien te busca en el espejo. Antología de cuentos para chavos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2005); Historias de Lectura 2 (Conaculta, 2006); Que el tiempo lo decida (2007); Prohibido fumar (Lectorum, 2009); "Sangre enamorada" (Ediciones Eterno Femenino) y en la antología literaria "Los 43".



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