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Zapatillas azules

30 Jul, 2017 Etiquetas: , ,

Celso pasa la noche contando cacas de mosca adheridas al techo, buscando olvidarse de los sueños que se le trepan como arañas patonas que le roban la calma y le recuerdan que alguna vez prometió regalar unas zapatillas azules.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ PERALTA / ILUSTRACIONES: JUAN JOSÉ LÓPEZ GALINDO

Recluido entre las paredes del centro médico, aguarda impaciente, sentado en la antesala del gran despacho, el recibimiento del jefe médico. La espera se ha alargado por más de cuarenta minutos. Frota sus sudorosas manos en repetidas ocasiones contra el pantalón de gabardina azul que utilizan todos los internos desde la primera noche que pasan en el edificio, intentando deshacerse de la humedad que en ellas se acumula.

–En un momento más te atiende el doctor Aurelio –indica la voz que brota de los diminutos labios de una regordeta enfermera que vigila la antesala a la oficina médica–. Está atendiendo –continúa sin despegar la mirada del monitor de la computadora que le ilumina los orondos pómulos ocultos tras las gafas de montura metálica– a otro paciente que entró en crisis esta mañana.

Celso le mira por un instante y pronto regresa a la tarea de secar sus manos trémulas y girar el cuello de izquierda a derecha para observar ambos extremos del largo pasillo que funge como antesala. Las lámparas de neón instaladas en la parte central del techo parpadean amenazando perder su brillo en cualquier momento. Celso seca sus manos y repasa mentalmente su discurso.

Desde hace un par de días, oculto tras la pesada oscuridad que se apodera de los dormitorios del centro médico cada día a las diez en punto, evoca las noches que ha pasado recostado en la cama alta de la litera que le asignaron el día que fue llevado a rastras, todavía con el hocico lleno de sangre y la cálida saliva escurriendo incontrolable por entre la comisura de sus labios.

El perfume dulzón de su esposa aparece entre los recuerdos y reaviva la dolorosa y vergonzante escena que le ha valido las noches atrapado entre esas paredes. En el techo del cuarto, sobre la litera, entre pequeñas heces de mosca que se han acumulado durante años, reproduce la imagen, como si de un proyector se tratase, de su padre pateando la puerta del baño del restaurante hasta lograr forzar la chapa para encontrarlo tendido sobre la baldosa, con la pipa de vidrio todavía caliente y el envoltorio de chicles abierto con otra dosis de piedra.

En el vívido recuerdo detona en sus oídos el llanto de su madre y el reclamo de Andrea, su esposa, al observarlo aferrado a la base del lavamanos, batallando por levantarse; avanzando milimétrico a ras de piso, como caracol cansado, en un risible intento por reincorporarse ante la mirada horrorizada, fastidiada, furibunda de su padre y del tío Chato.

–¿Otra vez, Celso? ¿Otra vez con tus pendejadas? ¿Tú no entiendes verdad, hijo? –la remembranza del grito paterno que a pesar de los meses aún rebota vergonzante, y va de aquí para allá, entre las neuronas y la masa encefálica, le eriza la piel, frisa sus ojos y le oprime el gaznate–. ¿Te gusta ponerte pendejo? –increpa la voz del tío Chato–; ¡Ahorita vas a ver cómo te pongo pendejo! –y a la lejanía de la remembranza aún siente los puños gordos del tío estallándole en el hocico y floreando su nariz, mientras su padre le jala de la sudadera intentando ponerlo de pie. Y de nuevo, entre el cerebro gaseado por la sobredosis de piedra y los ardorosos nudillos del tío Chato, se derrumba incapaz de mantener la vertical y escucha los lamentos de su madre y su esposa y el chillido horrorizado de su niña que no entiende por qué su padre, con la mirada perdida, se tambalea y sangra, mientras el colorido pastel de cumpleaños aguarda, todavía con la vela encendida, sobre la mesa del atestado restaurante.

En la antesala al consultorio los minutos avanzan con angustiosa celeridad. La pequeña enfermera no despega la mirada del monitor y sonríe de forma mecánica de vez en vez.

–¿Tardará mucho?

–¿Qué?

–El doctor… ¿tardará mucho en atenderme?

–En un momento más. ¿Cuál es la prisa?

Y la prisa es el deseo creciente por caminar fuera de aquellas paredes frías y volver a respirar el smog citadino que desde hace tres meses sólo observa, en forma de negruzcas nubes surcando el siempre ámbar cielo capitalino, cuando le permiten salir al patio del centro médico y jugar basquetbol o a las cartas. La prisa es por aspirar de nuevo el perfume dulzón de su esposa y pedir perdón a sus padres y al tío Chato y a Lorena, su niña, sobre todo a ella, y poder contestar la pregunta que la chiquilla hacía mientras a él lo metían a empellones en el taxi, rumbo a la clínica: «¿A dónde va mi papi, a dónde va mi papi?».

De la oficina del jefe médico brota el ligero sonido de un par de voces. El pomo de la puerta vibra y cede ante la mano que le empuja. A través del vano cruza un hombre, el uniforme azul de gabardina puesto, limpiando con un papel excesivamente usado las lágrimas en escorrentía sobre el rostro. Tras sus ligeras pisadas, el doctor avanza y detiene su andar un metro fuera de la puerta; despide con una cálida palmada sobre la espalda al recién tratado y con un discreto movimiento de cabeza convoca a Celso.

Al interior de la oficina la oscuridad gobierna a pesar del monumental ventanal que se erige sobre una de las paredes; las cortinas aterciopeladas en tono carmesí contienen los rayos solares y únicamente el ligero brillo vespertino delata su presencia por el milimétrico quicio del ventanal. Sólo un escritorio y un par de sillas dan forma al discreto mobiliario, además de los diplomas y las constancias médicas enmarcadas sobre la pared a espaldas del galeno.

–Celso, siéntate –invita el médico mientras abre el cajón más bajo del escritorio y extrae un paquete–: ¿Qué te trae por aquí con tanta urgencia?

–Ya me quiero ir.

–¿A dónde? –inquiere, al tiempo que escudriña una tabaquera de piel y extrae una pipa de madera de brezo ya retacada de tabaco.

–¡Cómo a dónde! A mi casa. Quiero ir a ver a mi niña y a mi señora.

–¿Y por qué vienes conmigo?

–Necesito que me deje ir.

–Te puedes ir cuando quieras –sentencia mientras coloca un fósforo encendido sobre la cazoleta de la pipa–;  aquí nadie está a la fuerza.

–Para usted es muy fácil decirlo.

 –¿Decir qué?

–Que ya me puedo ir.

–¿No es eso lo que quieres?

–Pero no me puedo ir así.

–¿Así cómo? –interroga y deja salir una ligera bocanada de humo que perfuma la oficina a durazno.

–Pues así –duda y de nuevo restriega sus manos sobre el pantalón–. Necesito saber que ya me curé, que ya no habrá bronca cuando salga, que ya puedo quedarme sólo y no sentir de nuevo esa necesidad de atascarme de aquella mierda.

–¿Y qué necesitas de mí?

–Que me deje ir.

–Te puedes ir cuando quieras…

–Para usted es muy fácil decirlo.

–¿Decir qué?

–Que me vaya.

–¿Entonces a qué viniste?

–Quiero saber que ya no voy a regresar a verle la cara mientras se fuma su pipa, con sus lentecitos redondos de dizque intelectual.

–¿Ya te sientes bien? ¿Ya te sientes curado?

–¿Cómo voy a saber si ya me curé si nunca me sentí enfermo?

–Este centro médico es para enfermos. ¿Qué haces aquí?

–Mi familia me trajo. Me gustaba atascarme de piedra todo el día.

–¿Qué te preocupa?

–Me preocupa salir de aquí y no soportar estar solo en mi casa. En la última visita mi papá dijo que Andrea se regresó a vivir con su mamá. Se llevó a la niña. Se llevó la cama y el microondas. Me da miedo volver a estar entre las sombrías paredes del departamento y sentir esa resequedad en el hocico, las manos sudorosas y la ansiedad que me invade previo a atascarme de piedra.

El silencio invade por momentos la oficina; sólo las brasas en el hornillo de la pipa incitan el diálogo nuevamente.

–Hace varias noches que no puedo dormir –confiesa sin perder de vista la fuliginosa pipa del galeno.

–¿Por qué?

–Paso la noche contando cacas de mosca adheridas al techo, buscando olvidarme de los sueños que se me trepan como arañas patonas cuando me acuesto y me roban la calma. El otro día, por ejemplo, volví a soñar la cháchara aquella donde vendo a mi madre por unos trozos de piedra. En mi sueño, clarito me acuerdo del día que urgido de esa mierda y falto de pesos me fui a la casa por la pantalla de la sala y la computadora de mi esposa. «Nos robaron –les dije cuando regresaron–. Se metieron a robar». Y mi esposa y la niña tristes al ver el hueco en la pared. Y en el sueño, la piedra se me terminaba en dos fumadas y tenía que salir a buscar más, a las horas de la noche. «Qué pasó mi Sonrics –le decía a mi cuate en el punto–; aliviáname con unos chicles pa’ pasar la noche, ¿no?». Y el Sonrics no aflojaba el aliviane. Desesperado me regresé al departamento y ya no había ni compu, ni tele, ni sala, ni nada para vender, porque ya las había mercadeado antes. Y de nuevo al punto: «Quiubo, mi Sonrics, aliviáname». «¿Cómo ves que me das chance de enamorar a tu jefa», me decía. «Pus cómo crees, mi Sonrics». Pero ya con las manos sudorosas y la boca seca y la pinche desesperación esa que me entra, le di chance… Y ahí me despierto, ahí se acaba el sueño, justo cuando el Sonrics abre la puerta del cantón, en silencio, a plena noche, para cobrarse con mi jefa los kilos de piedra que me tragaba.

El doctor le mira con detenimiento. A momentos aspira de la pipa y contiene el humo, sin tragarlo, por algunos segundos; luego permite que este huya fuera de su boca y se pierda en la penumbra del consultorio.

–Pero hay otro sueño que me inquieta más.

–¿Cuál?

–Aquel donde sueño a mi hija. Es más una remembranza a todo color de aquel día, en exceso nítida, como si fuese una de esas películas nuevas en alta definición en la cual todo se ve clarito, hasta los pelitos que le crecen al pasto.

Sueño con el día que me trajeron. Era el cumpleaños de mi niña; sus cuatro años. Había trabajado toda la semana nada más para cumplirle el capricho a mi esposa de llevar a toda la pinche familia al restaurante donde hay juegos para los niños. Estaba molido, Doc; estaba harto de sobarme el lomo para llevar a mi suegra y sus gorronas hermanas a tragar con mi dinero en honor a mi hija.

Antes de salir rumbo al restaurante me fui a buscar al Sonrics y regresé más calmado. «Vámonos», le dije a mis papás, que esperaban afuera de la casa. Padre me vio los ojos frescos y meneó la cabeza molesto; ya sabían en qué andaba metido; incluso le había tocado levantarme de algunos atasques previos en el mercado de San Juan en los cuales se me había pasado la mano. «Síguele por esa línea y te vamos a engranjar, cabroncito», me prevenía.

Después, el sueño se convierte en pesadilla: «¿Trajiste el regalo de Lorena?», me pregunta Andrea, mi esposa. «Sí», contesto. «¿Dónde está», inquiere. «Lo traigo en el carro», respondo. Pero pronto se da cuenta que lo he olvidado y planta su jetota durante toda la comida.

Y como aquel día, en mi sueño voy de aquí para allá, entre tiendas y mercados, buscando el regalo que durante semanas Lorena nos había pedido. «No hay, joven, no hay», me responden en cada visita; «están agotadas». Y entonces regreso al restaurante y Andrea chingue y chinge hasta el cansancio con el regalo olvidado.

«Vamos a cortar el pastel», sugiere mi madre, buscando alivianar la escena. Y mientras todos se forman alrededor del pastel me meto al baño y saco el paquetito de chicles y la pipa. Sentado sobre el guater más escondido, inhalo, y entonces todo va suave entre la nube que me ablanda la cabeza y me adormece la boca.

Y de pronto, en mi sueño, como aquel día, la puerta del guater se sacude como en terremoto y yo intento levantarme y no puedo más que asirme a la taza. La puerta cede: es el tío Chato, más gordo que nunca, y mi padre, que gritan y reclaman y me sacan a patadas y puñetazos mientras mi suegra y sus hermanas, junto a mi esposa y mi madre, me miran asqueadas desde la entrada del baño del restaurante arrastrarme con el hocico roto y los ojos perdidos y la baba escurriendo en hilillos. También escucho la voz de mi niña: «¿Qué le pasa a mi papá, qué le pasa a mi papá?», pregunta mientras me arrastran rumbo al taxi que me trajo a este encierro. «Nada, nada», alguien responde. «¿A dónde va mi papi?», pregunta en llanto. Y yo contesto: «Voy por tu regalo. Voy por tus zapatillas azules de princesa que me pediste», pero ya no me escucha porque en mi sueño el tío Chato cierra la puerta del taxi y se ahogan mis gritos…

El doctor ha dejado la pipa sobre el escritorio y escucha, con los brazos cruzados, atento las palabras que brotan de Celso.

–Por eso quiero irme.

El galeno permanece en silencio.

–Quiero llevarle su regalo, sus zapatillas azules, y quitarme la culpa que me devora las entrañas y me hace aferrarme a las sábanas percudidas de mi litera, mientras como borrascosa penitencia cuento estiércol de mosca acumulado durante años en el techo de este edificio.

Técnica de las imágenes: Ilustración digital.


Emiliano Pérez Peralta
Emiliano Pérez Peralta

Geógrafo. Caminante eterno. Pessoa le guía: “No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”. Escribe y sobrevive. En Twitter lo encuentran como: @Emilixxx.





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